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Las estrellas del cielo

Hubo una vez, hace mucho, mucho, mucho tiempo, una niña que soñaba con alcanzar las estrellas, es decir, tocarlas con sus manos.
En las noches claras sin luna, asomada a la ventana de su dormitorio, las admiraba en silencio pensando qué es lo que se sentiría teniendo una entre las manos.
Así las cosas, cierta noche de estío, la niña llegó a la conclusión de que debía tocar por lo menos una o dos y para ello tenía que ponerse en camino hasta llegar a ellas.
Dicho y hecho, saltó por la ventana y empezó a andar, y anda que te andarás llegó a un viejo molino cuya rueda chirriaba escandalosamente.
Dándole las buenas noches, la niña le pregunto si la rueda sabía como podría jugar con las lejanas estrellas pues para eso había emprendido la caminata.
La rueda le respondió que las encontraría bañándose en el estanque cercano donde por la noche brillaban hasta el punto de no dejarla dormir con su resplandor.
La niña saltó al estanque pero por más que nadó, e incluso buceó, le fue imposible encontrarlas. Muy decepcionada se lo dijo después a la rueda de molino, que vieja y gruñona, repuso:

-No me extraña, has removido tanto el agua que las has asustado y se han ido.
Entonces la niña, desilusionada, prosiguió su camino.
Anda que te  andarás, llegó a un verde prado en el que se sentó a descansar, dándose cuenta entonces de que el prado pertenecía a las hadas y a los elfos que lo llenaban por doquier corriendo, volando o bien danzando sobre el pasto.
Saludándolas muy educadamente la niña les preguntó si habían visto estrellas por allí ya que tenía mucho interés en alcanzar alguna.
Las hadas le replicaron que sí, que relucían todas las noches entre los tallos de la hierba. Dijeron:
-Ven a danzar en nuestra compañía y encontrarás todas las estrellas que desees.
Mas aunque la niña bailó con ellas en su alegre corro, no halló ninguna estrella, y dejándose caer agotada al suelo, lloró dirigiéndose a las hadas que la rodeaban en círculo:
-Por más que lo intento no lo consigo. Si no me ayudáis nunca podré jugar con las estrellas.
Las hadas hablaron bajito entre si, y finalmente una se acerco a la llorosa criatura para aconsejarla:
-Que tu ánimo no desmaye; si lo deseas puedes conseguirlo, todo es cuestión de voluntad. Ves camino adelante y cuando encuentres a Cuatro Patas, que te lleve hasta Sin Patas y entonces le ruegas a Sin Patas que te conduzca hasta la Escalera sin escalones por la que debes subir.

Muy contenta la niña partió con ánimo ligero llegando finalmente a donde estaba un caballo atado a un árbol.
-Buenas noches –saludó por tercera vez-, deseo tocar las estrellas del cielo y he caminado tanto, tanto, que me duele todo el cuerpo, ¿serías tan amable que me permitieses montar en tu lomo?
El caballo le dijo entonces que él no entendía de estrellas y que su misión consistía en obedecer a las hadas.
-Ellas me han hablado de ti y me han aconsejado que le diga a Cuatro Patas que me conduzca hasta Sin Patas.
-Pues mira por donde yo soy Cuatro Patas, sube a mi lomo y partiremos.
Y anda que te andarás, o, mejor dicho, cabalga que te cabalgarás, abandonaron el bosque llegando a la orilla del mar.
El caballo se despidió, ya había cumplido su misión, y la niña prosiguió su marcha bordeando la orilla del mar y se decía qué más podía pasar ahora y a quién encontraría que se llamara Sin Patas, y, cuanto menos lo esperaba, un pez enorme como ella nunca había creído que existieran, asomó la cabeza entre la espuma de las olas.
-Buenas noches –saludó la niña al pez-. Me gustaría tocar las estrellas con la mano, ¿puedes ayudarme a conseguirlo?
-No lo sé; si no me traes el permiso de las hadas no podré ayudarte –le contestó el pez.
-Pues lo tengo, y para que veas te trasmitiré el mensaje: debía encontrar a Cuatro Patas que me conduciría a Sin Patas y éste hasta la Escalera sin escalones.
-Esto es otra cosa –exclamó el pez-, venga, súbete a mi lomo y procura no caerte.

Navegaron, navegaron y navegaron precedidos por una estela dorada que se dirigía hacia el lejano horizonte, allá donde el mar y el firmamento se encuentran.
Entonces la niña vislumbró un bellísimo Arco Iris que saliendo del mar llegaba hasta el cielo brillando en todo su esplendor y colorido.
Por fin alcanzaron el inicio del Arco Iris y la niña descubrió que se trataba de un camino amplio y lleno de luz, que subía hacia la bóveda celeste, y en lontananza, la chiquilla apercibió unas minúscula lucecillas que daban la impresión de bailar.
-Hasta aquí hemos llegado –informó el pez-. Esa es la Escalera sin escalones. Ves con cuidado al subir, si es que puedes. Piensa que esta escalera nunca se hizo para los piececitos de las niñas.
En cuanto la pequeña saltó del lomo de Sin Patas, éste desapareció en el mar.
La niña ascendió por el Arco Iris, tarea, por otra parte, nada sencilla, pues a cada escalón que subía le daba la sensación de bajar dos. Y aunque ascendió hasta que el mar quedó muy lejos, las estrellas seguían encontrándose remotas.
Pero ella se dijo ya que era muy animosa:
-No voy a echarme atrás; si he llegado hasta aquí no voy a volver sobre mis pasos.
Así que ascendió y ascendió, encontrando que el aire por momentos se volvía muy, muy frío, mas el firmamento brillaba intensamente, tanto que se dio cuenta de que estaba ya cerca de las estrellas.
-¡Lo estoy consiguiendo! –gritó.
Y sin vacilar llegó repentinamente al final del Arco Iris. En torno suyo, mirase por donde mirase, las estrellas daban vueltas y bailaban. Era una danza que tan pronto subía como bajaba, igual que las hojas cuando las mueve el viento, y giraban a su alrededor lo mismo que un torbellino, entre los destellos de miles de colores.
-Finalmente las alcancé –se dijo-. En toda mi vida había contemplado algo tan bonito.

Entonces se dio cuenta de que estaba helada y al mirar en dirección a sus pies entre las sombras, le fue imposible ver la Tierra.
La pequeña tembló de miedo.
-Pero no me marcharé sin antes acariciar una estrella– y así diciendo con decisión se puso en puntas de pie extendiendo los brazos tanto como le fue posible. Y ya estaba próxima a lograr su empeño, cuando, el paso raudo de una estrella la sorprendió hasta el punto que le hizo perder el equilibrio y hybdirse en el vacío.
Fue cayendo, cayendo, cayendo, Arco Iris abajo y más iba bajando más templado era el aire y más somnolienta se sentía, y entre bostezos y suspiros quedóse profundamente dormida.
Al despertar se encontró de nuevo en su camita. Lucía el sol en la ventana y las aves mañaneras cantaban en los árboles y entre las flores del jardín.
-¿De veras estuve entre las estrellas y las toqué, o no ha sido más que un sueño?
Inesperadamente notó algo en la palma de su mano, y cuando la extendió, el brillo de una luz centelleó para desvanecerse enseguida.

La niña, muy feliz, pudo darse cuenta en ese momento de que no se engañaba; aquel era el polvo de las estrellas y ella las había tocado con sus manos, no se trataba de un sueño.

El Agua de la Vida

Había una vez un rey que tuvo una enfermedad, y nadie creía que podría sobrevivir contra ella. Él tenía tres hijos quienes se preocuparon mucho al saber de su enfermedad, y bajaron a los jardines del palacio a lamentarse. Allí encontraron a un anciano que les preguntó la causa de su angustia. Ellos le dijeron que su padre estaba tan enfermo que pronto moriría, ya que no se sabía de nada que lo pudiera curar. Entonces el anciano les dijo:

-”Yo sí sé de un remedio, y es el agua de la vida. Sí el toma de ella, se curará, sólo que es muy difícil de encontrar.”-

El hijo mayor dijo:

-”Yo iré a buscarla.”-

Y fue donde el padre enfermo a rogarle que le dejara ir en busca del agua de la vida, pues era lo único que podría salvarle. Continue reading ‘El Agua de la Vida’

Un mes en Nunca Jamás [Parte 3]

Asombrados de la construcción que los elfos habían levantado en la montaña, con Campanilla nos fuimos a pasear, y a beber un cóctel de jugo de flores silvestres, que tiene un efecto revitalizante y relajador, Campanilla prepara unos muy buenos :)

Después de un buen paseo, y unos cócteles, nos recostamos a buscar formas en las nubes. Campanilla se había quedado dormida y yo, muchas ganas de levantarme no tenía, así que cerré los ojos, y me quedé quieto.

Sólo escuchaba el bosque… Los arroyos, el viento entre los árboles, las aves, hadas cantando…

Supongo que me quedé dormido, porque cuando abrí los ojos, tenía a Campanilla casi encima mío y me decía que había pasado mucho tiempo desde que estábamos en las colinas del este.
No se qué dijo, pero debió ser grave, porque me levanté de un salto y la seguí tomado de su mano.

En el camino, vimos que había una excursión por parte de los elfos, o al menos eso parecía, porque marchaban en fila, en dirección este.

Elfos marchando

Elfos marchando

Caminamos por un sendero estrecho que costeaba un arroyo del cual salía un vapor brillante, parecía una fuente inagotable de energía.
Después descendimos por unos árboles que estaban caídos formándo un precario puente, que daba la sensación de desmoronarse en cualquier momento.
Más tarde ascendimos por un camino que se abria entre los árboles, y llevaba a la cima de una montaña. Cuando llegamos a la parte más alta de la montaña, ella me dijo que presentía que algo malo iba a ocurrir…

Ahí nomás, a los pocos pasos, vimos algo sorprendente… Continue reading ‘Un mes en Nunca Jamás [Parte 3]‘

Un mes en Nunca Jamás [Parte 1]

¡Hola a todos!

Hacía mucho tiempo que no dejaba noticias mías por acá, y bueno. ¿Qué le puedo hacer?. Las cosas en Nunca Jamás estuvieron más que agitadas.

Pasaré a relatar lo que sucedió en este mes que estuve ausente.

En la primer semana del mes todo parecía tranquilo, nada desconcertante sucedió. Es más. De hecho, los elfos adoptaron una postura benéfica y solidaria, ayudándo a los demás elfos de Nunca Jamás a construir sus propios hogares.

Al fin esos traviesos se organizaron para hacer algo productivo, porque ultimamente lo único que hacían eran travesuras y bromas. Jugaban con todos los habitantes y no dejaban descansar a quienes lo necesitaban.

Un día, al despertar, veo a un grupo de unos 15 o 20 elfos caminando en dirección Oeste. Me sorprendí al verlos, así que desperté a Campanilla para preguntarle qué se traían entre manos.
Ella me respondió que construían una comunidad élfica, es decir, construian un pueblo propio.

Sin más que decir, decidí seguirlos sin llegar a ser visto por ellos, y ya a unos pocos kilómetros de distancia, desde la cima de una colina pude ver ¡cuán maravilloso era este poblado!.
Aquí tengo una fotografía que le tomé:

Pueblo élfico

Pueblo élfico

¡Asombroso! ¿Verdad?

Al verme frente a tal maravilla, decidí volver hacia los bosques donde las hadas cantando anunciaban un nuevo día.

Campanilla y yo paseamos por Nunca Jamás sin volver a ver elfos durante toda la semana. Ambos nos sorprendimos al no ver a ningún elfo en la semana, creímos que se habían tomado muy en serio el trabajo de construcción y que más tarde los veríamos por Nunca Jamás.

Lamentablemente no fue como lo pensamos. Tanto Campanilla como yo, ¡jamás hubieramos imaginado lo que pasaría!

Lo que creímos que era una simple organización de los traviesos elfos, terminó desencadenando una batalla interdimensional sorprendente.

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Anochecer en Nunca Jamas

Era ya de tarde, después de una larga tarde con Campanilla por los bosques de Nunca Jamás, nos tendimos rendidos en el suelo apoyando nuestras espaldas contra los árboles.

Viendo el cielo cambiante de colores, decidimos quedarnos ahí para observar tan delicado espectáculo causado por la naturaleza y la fantástica magia que rodea este perdurable bosque.

Anochecer en los bosques de Nunca Jamas

Y justo en ese momento en que el sol anuncia su partida, y la luna empieza a cumplir su turno, como un silencio que se pierde entre los pensamientos más profundos, escuchamos el canto de las hadas por la noche.

Una armoniosa melodía que en conjunto con los sentimientos hacen una mezcla de fuertes y abrumadores latidos que danzan al compás del corazón.

Hadas de Noche

La larga vida de Ossyan

De acuerdo con una antigua leyenda irlandesa, Ossyan, el bardo/guerrero hijo de Finn McCumhall, alcanzó la edad de trescientos años, y así es como él mismo relató sus andanzas, al regreso de
Tirnanoge.
Luego de acallarse los últimos ecos bélicos de la batalla de Gavra, donde cayeran tantos de nuestros hombres, estábamos con un grupo de guerreros fianna cazando en la ribera oeste del Lough Lein, una hermosa mañana de primavera cuando, mientras galopábamos tras un enorme ciervo de ocho puntas,
divisamos a un jinete que avanzaba hacia nosotros, proveniente del oeste. Mirando
atentamente, pudimos ver que se trataba de una mujer, montada sobre un magnífico y brioso potro blanco como la nieve. Tanto mi padre, Finn, como el resto de la comitiva —incluido yo, por supuesto— quedamos tan sorprendidos ante la presencia de tan hermosa doncella, que el ciervo escapó rápidamente, perdiéndose
en la espesura del bosque de Athlone.

La bella y desconocida joven, pues no tendría más de diecisiete años, vestía un suntuoso vestido negro, salpicado de estrellas de oro rojo, y ceñía su talle con una cadena del mismo metal. Su cabello dorado, que caía en cascada por su espalda, cubriendo en parte el respaldar de la silla, estaba ceñido en su frente por una diadema, también de oro, guarnecida de esmeraldas y rubíes.
Sus ojos celestes eran tan límpidos y claros como dos gotas de rocío y, mientras su mano diminuta y marfilina sostenía las riendas de seda recamadas en oro, se mantenía erguida sobre la silla con más gracia que los cisnes de Lough Lein. El blanco corcel estaba cubierto con una fina gualdrapa de seda roja, y en toda Erín no habría podido encontrarse un potro más hermoso ni mejor plantado que aquél.
Al llegar junto a nosotros, la doncella se dirigió a Finn con una voz tan dulce y gentil como ninguno de nosotros había oído jamás:
—Finn McCumhall, rey de los fianna, he llegado aquí luego de un muy largo y cansador viaje, ya que mi país se encuentra al otro lado de Erín, en el Mar Occidental. Soy un hada, pero también soy la hija del rey de Tirnanoge, la princesa Niamh, La de los Cabellos de Oro.
—¿Y cuál es la causa que te ha hecho venir desde tan lejos, atravesando el mar y toda Irlanda? ¿Te ha abandonado tu esposo? ¿O quizás has tenido algún otro inconveniente peor?
—Mi esposo no podría haberme abandonado, porque jamás tuve uno, ni estuve comprometida con hombre alguno. Pero mis poderes mágicos me han permitido conocer a tu hijo Ossyan y me he enamorado de él; eso es lo que me ha traído a Erín.
Sin embargo, no creas ni por un minuto que mi amor se debe simplemente a un capricho o un impulso; mis poderes, como te he dicho, me permitieron apreciar su valor en la batalla, su gentileza, su bondad y su condición de caballero sin tacha, y esto me ha llevado poco a poco a enamorarme de él. Créeme que no me ha sido fácil decidirme; muchos príncipes y nobles de mi padre han solicitado mi mano en matrimonio, pero jamás he aceptado sus propuestas, ni he permitido que mi padre lo hiciera, hasta que comprendí que mi corazón sólo podría latir por tu gentil hijo Ossyan.
Al contemplar y escuchar a la hermosa doncella pronunciar estas palabras, sentí mi pecho inflamado de amor por ella; acercándome, tomé su blanca mano y le murmuré, desde lo más profundo de mi corazón, que era una dulce estrella, plena de brillo y de hermosura, y que, de allí en más, no podría existir otra mujer en mi vida.
—Entonces te impongo un geis3 que los héroes auténticos jamás violan: me acompañarás en mi corcel hasta Tirnanoge, el país de la eterna juventud —dijo la rubia Niamh—. Es la más placentera y atractiva de todas las regiones del orbe; allí abundan las joyas y los metales preciosos, pero nadie los atesora, porque no son necesarios. Las plantas fructifican todo el año y el alimento se obtiene sin esfuerzo
alguno. Te proporcionaré los caballos, los sabuesos, las ropas y las armas que tu capricho te dicte, entre ellas una arma dura y una cota de malla que no pueden ser traspasadas por arma alguna, y una espada templada mediante un hechizo, de la cual ningún hombre ha escapado vivo. Obtendrás majadas incontables de ovejas con vellocino de oro, rebaños enteros de vacas que te proporcionen su carne y su
leche, y cientos de arpistas y gaiteros que te acompañen en tus relatos.
Miles de guerreros estarán bajo tu mando, y ostentarás el escudo que mi padre, el rey de Tirnanoge tiene reservado para ti, y que te protegerá en las batallas y todos los peligros que puedan surgir en tu camino. Por tu cuerpo no pasará el tiempo, y no sufrirás la degradación de la vejez y las enfermedades; serás eternamente joven y tu actual fuerza y gallardía no te abandonarán jamás. Gozarás de todos estos
beneficios y muchos más, que sería demasiado largo enumerar, y yo seré tu esposa, si aceptas venir conmigo a Tirnanoge.
—No habría sido menester que me mencionaras todas esas maravillas, ni que me pusieras el geis para inducirme a ir contigo a cualquier lugar, ya sea de este mundo, de otro, o al mismo infierno, si fuera necesario. Desde el momento mismo en que mis ojos se posaron en tu hermosura, tú eres la única mujer para mí. Te acompañaré extasiado al País de la Juventud.
Cuando mi padre y los fianna me oyeron pronunciar estas palabras, lanzaron un grito de pena al comprender que los abandonaría, y Finn, acercándose, estrechó fuertemente mi mano, diciendo con tristeza:
—¡Ossyan, hijo mío, nos abandonas a todos, y algo en mi corazón me dice que no volverás mientras haya vida en nuestros cuerpos!
—Finn, amigo y padre mío, no os preocupéis por algo que ya se ha repetido cientos de veces. En muchas ocasiones he estado separado del hogar, en batallas y conquistas, y siempre he regresado. ¡Esta vez no será distinta de aquéllas! —Pero algo en mi interior hizo que mirara fijamente el hermoso y viril rostro de mi padre, empañado por el dolor, porque yo también presentí que no volvería a verlo vivo.
Nos abrazamos estrechamente y luego me despedí de mis amigos y camaradas de armas y de cacerías, mientras la bella Niamh se movía hacia adelante en la silla, haciéndome lugar a sus espaldas; monté, y la doncella dio una orden a su corcel, que partió rumbo al oeste con un galope fácil y sereno hasta que, luego de cruzar todo el territorio de Erín, llegamos a la orilla del Mar Occidental.
Allí, cuando sus herraduras de oro tocaron las aguas, se detuvo sólo un instante y relinchó tres veces, pero a una nueva orden de Niamh, reanudó su sostenido galope, esta vez por sobre la cresta de las olas, a una velocidad que ni la más ligera de las barcas habría alcanzado bajo el impulso de un viento huracanado.
Inmediatamente perdimos de vista la costa; ante nuestra mirada sólo podían distinguirse olas y más olas, rompiendo unas contra otras en feroces marejadas que, sin embargo no nos mojaban ni afectaban en lo más mínimo. Aparecieron otras costas y otros continentes, y pronto fueron quedando atrás uno tras otro; a nuestro paso, sin embargo, fueron desfilando escenas prodigiosas: pueblos y ciudades gigantescas; mansiones blancas como la nieve, rodeadas de maravillosos jardines, y casas pequeñas y humildes, desde las cuales nos saludaban sus moradores, ocupados en sus labores. En una oportunidad cruzó ante nuestra vista un fuerte ciervo de grandes cuernos, que saltaba ágilmente de la cresta de una ola a la próxima y, siguiéndole el rastro de cerca, en actitud de caza, un enorme sabueso blanco de rojas fauces.

Vimos también pasar a una joven doncella, de singular hermosura, que llevaba una manzana de oro en su mano y cabalgaba un palafrén tordillo, y, junto a ella, un gallardo guerrero jinete en un brioso potro negro; luego, ambos se sumergieron en las aguas, mientras la roja capa de la niña revoloteaba,
juguete de las olas.
Sintiéndome azorado por la contemplación de todas aquellas maravillas, pedí a mi amada que me explicara su significado, pero ella quitó importancia a lo que estábamos contemplando:
—No te dejes impresionar por estas imágenes, Ossyan; todos estos portentos no son nada comparados con lo que verás en Tirnanoge.
Algún tiempo más tarde pudimos ver a la distancia una nueva costa y allí, sobre un empinado risco, el palacio más hermoso que hubiera visto en mi vida; sus torres y sus minaretes fulguraban bajo el cálido sol de la mañana como si fueran de oro.
Pregunté a Niamh a qué casa real pertenecía aquella maravilla, y qué reino era aquél, y ella me respondió:
—Esa es la Isla de las Virtudes. Su rey es un gigante formaré 4 de nombre Ardiûs, que en su lengua significa “el más alto de todos”. Su esposa, la reina, es la hija del rey de la Tierra de la Vida, a la que Ardiûs se llevó por la fuerza de su propio país y la retiene prisionera. Sin embargo, ella le impuso un geis, por el cual
el formoré no puede desposarla ni hacerla suya hasta que aparezca un campeón que luche contra él en un combate individual; si el gigante gana, ella deberá convertirse en su esposa, y quedará libre si el forastero vence en la lid.
—Jamás he escuchado música alguna que suene tan melodiosa y embriagante como tu voz; ¡que Dios te bendiga por ella, mi hermosa Niamh! —le dije, porque repentinamente sentí la necesidad de hacerlo así—. Me agrada tanto escucharte, que por un instante casi paso por alto las penurias que debe de estar pasando esa princesa.
Pero, si tú me lo permites, dueña mía, deseo ir a ese palacio, para enfrentarme con ese formoré y liberar a la dama.
—Esas, y no otras, son las palabras que esperaba salieran de tus labios — respondió Niamh. De modo que llegamos a tierra y, cuando nos aproximábamos a palacio, salió a nuestro encuentro la joven y bella cautiva, que nos dio la bienvenida y nos condujo al interior, donde nos invitó a sentarnos en sendas sillas de oro y
plata. Luego nos sirvieron un opíparo banquete con exquisitas viandas y cornucopias llenas de hidromiel y metheglyn,5 al término del cual la princesa abordó el tema de su cautiverio y nos narró con más detalles lo mismo que yo ya había escuchado de labios de Niamh. Al terminar, mientras las lágrimas corrían por sus
rosadas mejillas, se lamentó diciendo:
—¡Jamás podré regresar a mi tierra ni volveré a ver a mis padres, mientras ese
cruel y gigantesco formoré siga viviendo!
—Seca ya tus lágrimas y tranquilízate —la consolé, sintiéndome conmovido hasta lo más profundo de mi ser—. Yo enfrentaré a ese vil gigante, y lo mataré o caeré muerto en tu defensa —agregué, estrechando su mano para sellar mi promesa.
En ese preciso instante escuchamos unos pesados pasos que se acercaban, y el portal del salón se ocupó casi completamente con el corpachón de Ardiûs, que llevaba sobre sus hombros un lío de pieles de ciervo y un enorme garrote de roble en su mano derecha. Al vernos, arrojó al suelo su carga de pieles y, sin saludarnos siquiera, echó a la princesa una mirada amenazante y me desafió a luchar
inmediatamente.
En lo que a mí respecta, jamás me ha inquietado una provocación, ni me asustaba aquel enemigo en particular, por muy grande y terrorífico que pareciera, así que me lancé al combate de inmediato, sin ningún temor en mi corazón; sin embargo, aunque en mi vida había librado infinidad de batallas en Erín, ya fuera contra invasores extranjeros, animales feroces y hechiceros malignos, jamás me había costado tanto enfrentar a un enemigo. Luchamos sin detenernos durante tres días con sus correspondientes noches, sin dormir, sin comer y sin beber, pues el formoré parecía incansable, y yo no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer.

Al cabo del tercer día, cuando miré a las dos princesas, abrazadas y con los ojos desorbitados por el temor, evoqué las formidables hazañas guerreras de mi padre y decidí que no podía deshonrar su nombre, pereciendo a manos de aquel ser vil y despreciable. Entonces, sacando fuerzas de flaqueza, lancé una fulminante embestida, arrojando al formoré por tierra y, antes de que pudiera recuperarse, le seccioné el cuello, separando la cabeza de su tronco.
¡Cuál no sería la alegría de las princesas al ver al monstruo muerto, tendido sobre las losas del patio! Profiriendo gritos de regocijo, corrieron hacia mí y me condujeron al interior del palacio porque, es preciso reconocerlo, yo tenía heridas y magullones en todo el cuerpo y, ahora que la excitación de la lucha había cesado, sentía vahídos y estaba a punto de desmayarme. Pero cuando Aileen —que así se llamaba la hija del rey de la Tierra de la Vida— me aplicó un ungüento y me dio a beber una pócima de hierbas, me recuperé rápidamente y, en poco tiempo más, ya estaba en posesión de todas mis facultades físicas.
Al día siguiente cavé una tumba suficientemente amplia y sepulté en ella al formoré, levanté con piedras un gran túmulo y coloqué sobre ellas otra roca con su nombre grabado. Esa noche descansamos plácidamente y al alba Niamh me dijo que era tiempo de partir nuevamente hacia Tirnanoge, de modo que nos despedimos de Aileen, quien lloró de pena ante nuestra partida, hecho que nosotros también lamentamos profundamente.
Una vez montados sobre el soberbio potro blanco, éste, a una orden de Niamh, partió raudamente hacia el oeste, lanzó los tres consabidos relinchos al tocar sus cascos el agua, y pronto no vimos a nuestro alrededor más que olas y espuma, y nos adentramos en el mar azul y transparente con la ligereza y la suavidad del viento de primavera sobre las colinas de Leinster. Volvimos a ver a la doncella de la manzana de oro seguida por el joven guerrero, y poco después al ciervo perseguido por el sabueso blanco.
También volvimos a pasar junto a nuevas ciudades, islas desconocidas y palacios de increíble arquitectura.
Repentinamente, ominosas nubes comenzaron a ocultar el sol, y pronto estalló una terrible tempestad, iluminando el mar con sus constantes relámpagos; sin embargo, aunque el huracán soplaba y se arremolinaba desde los cuatro horizontes, y las olas rugían embravecidas a nuestro alrededor, el potro blanco proseguía impertérrito su recta travesía, con la misma velocidad y seguridad que antes, sin que las salpicaduras ni los rayos demoraran un ápice su marcha ni alteraran su rumbo en lo más mínimo.
Tiempo después, cuando la tempestad amainó y el sol volvió a brillar sobre nosotros, pude ver, a corta distancia, una tierra verde y florida, un país de herbosas praderas, agrestes picos y azules lagos y cascadas. Junto a la costa, al pie de un risco, divisé un palacio cuyo lujo y esplendor no desmerecía en nada al de la Isla de las Virtudes. Todos sus tejados y cúpulas estaban enchapados en oro, y en sus paredes, recubiertas de ónice, había engarzadas gemas de todo tipo y color, formando hermosos diseños.
A su alrededor podían verse acogedoras casas construidas en diversos tipos de piedras por los arquitectos más hábiles que había visto en mi vida. Le pregunté a Niamh el nombre de aquel país y me contestó con
una voz en que se notaba su orgullo:
—Este es mi país natal, Tirnanoge. En él encontrarás todo lo que te he prometido, y muchas cosas más aún.
Tan pronto como hubimos llegado a tierra y desmontado, se acercó a nosotros, viniendo desde el palacio, una comitiva de guerreros de noble apostura y suntuosas vestiduras, que se apresuraron a recibirnos y darnos la bienvenida. Los seguía una chispeante multitud, encabezada por Caerius, el rey y padre de Niamh, que lucía una refulgente túnica recamada en plata y una rutilante corona de oro, con esmeraldas, diamante y rubíes engarzadas en ella. A su lado la reina, acompañada por un séquito de un centenar de doncellas, vestía una clámide blanca como la nieve, bordada con hilos de oro y una diadema tan brillante como la corona de su esposo.
A pesar de haber visto muchos nobles en mi vida con Finn, me pareció que aquella pareja real superaba largamente a cualquier otra del mundo en belleza, gracia y majestad.
Una vez que los reyes hubieron besado a su hija y desahogándose de su larga separación, Caerius tomó mi mano y se dirigió en alta voz a la multitud, que no era otra cosa que la totalidad de los habitantes de la Tierra de la Juventud que habían venido a saludar a su adorada princesa:
—¡Pueblo de Tirnanoge!, éste es Ossyan McCumhall, hijo de Finn McCumhall, por quien mi hija y vuestra princesa cruzó el Mar Occidental hasta la verde Erín. El será el esposo de Niamh, el hada de cabellos de oro. Valiente Ossyan —continuó, dirigiéndose a mí—, te damos nuestra más calurosa bienvenida. En nuestro país te espera todo tipo de placeres sin pecado, para disfrutar de los cuales serás eternamente joven. Si has accedido a venir con ella es porque deseas que mi hija, la gentil y dulce Niamh, sea tu esposa, y yo, el rey de Tirnanoge, así lo dispongo.
Agradecí sinceramente al rey sus palabras y besé la mano de la reina, después de lo cual regresamos a palacio, donde encontramos servido un espléndido banquete. Los festejos y las demostraciones de afecto del pueblo y los nobles duraron diez días con sus noches, tras de los cuales Niamh y yo nos casamos.
Viví en el País de la Juventud durante algo más de tres años, pero al cabo de ese tiempo, comencé a sentir un acucioso deseo de ver a mi padre Finn y a mis viejos camaradas de armas, y pedí al rey y a mi adorada esposa que me permitieran visitar Erín.

El rey me dio su permiso, pero Niamh me dijo:
—No puedo hacer otra cosa que aceptarlo, pero con un profundo dolor en el alma, porque mucho me temo que nunca volveremos a vernos.
—No debes albergar dudas ni temores de ninguna clase, porque los lazos que me unen a ti son más fuertes que cualquier otro que jamás haya tenido sobre la tierra; además, el corcel blanco conoce perfectamente el camino, tanto de ida como de vuelta, y me llevará y me traerá de regreso sano y salvo. —Entonces ella pronunció estas palabras, que en ese momento me parecieron muy extrañas, pero que no tardaría en lamentar no haberlas comprendido:
—No puedo negarme a tu pedido, aunque tu viaje me ocasiona la inefable congoja de saber que es casi seguro que no vuelvas a Tirnanoge. Erín no es ahora el país que dejaste cuando vinimos aquí. Cuando llegues allí habrán transcurrido trescientos años, y el gran rey Finn McCumhall y sus fianna habrán desaparecido; en vez de ellos, encontrarás una multitud de sacerdotes cristianos, encabezados por
uno llamado San Patricio.
Ahora, escucha bien mis palabras, pues de ello depende que volvamos a vernos: si bajas una sola vez del corcel blanco, si por alguna circunstancia pones un pie en la nueva Erín, jamás volverás a mí.
Le prometí —quizás sin asimilar en toda su profundidad el significado de sus palabras— que no olvidaría sus consejos y que no me apearía del potro blanco por ninguna razón. Mi alma se sentía agobiada al mirar su dulce rostro e intuir su pena; pero, aun así, mi corazón palpitaba aceleradamente ante la idea de volver a ver a Erín.
Me despedí tiernamente de mi amada Niamh y ella reiteró su advertencia: —Te suplico que lo tengas presente: si posas de nuevo los pies sobre la verde hierba de Erín, jamás podrás regresar a este hermoso país.
Cuando monté el potro blanco, éste galopó en línea recta hacia el este, en dirección al mar, y avanzamos tan rápidamente como antes sobre su superficie, esta vez calma y tersa como la de un lago. El viento quedó a nuestras espaldas mientras galopábamos sobre las olas, y volví a pasar, esta vez solo, junto a muchas islas y ciudades, cruzándome con personajes ya conocidos, como el ciervo perseguido por el sabueso y la doncella de la manzana dorada; incluso, desde lejos, saludé a la princesa —ahora reina— de la Isla de la Virtudes, quien respondió mi saludo desde una ventana de su maravilloso castillo.
Finalmente, tocamos tierra en las verdes riberas de Erín y, mientras atravesaba todo mi país a lo ancho, miraba detenidamente a mi alrededor, pero tenía grandes dificultades en reconocer los antiguos paisajes y lugares, porque todo parecía extrañamente distorsionado. Llevado por mi extraordinario corcel, llegué finalmente a Leinster, pero no vi rastro alguno de Finn y sus fianna, y las palabras de Niamh
comenzaron a cobrar un nuevo y aterrador significado en mi mente.

Al llegar a los alrededores de Alien, donde otrora se había erigido el palacio de mi padre, distinguí a lo lejos a un grupo de pequeños hombres y mujeres, algunos de ellos montados sobre caballos tan diminutos como ellos,6 y cuando me acerqué, me observaron con gran curiosidad, asombrándose ante mi estatura y mi prestancia.
Alentado por su bienvenida, me di a conocer y les pregunté por Finn y sus fianna, si vivían aún, o si habían sido aniquilados por algún enemigo o alguna repentina catástrofe, y un anciano que parecía ser el más sabio del grupo me respondió:
—Todos nosotros hemos oído hablar, de un modo u otro, del héroe Finn McCumhall, que rigiera a los fianna de Erín en tiempos remotos, y cuyo valor y sabiduría no tuvo igual en toda Irlanda. Los bardos y filidh7 han narrado sus hazañas y las de sus fianna, pero todos ellos han desaparecido hace ya mucho tiempo.
También hemos oído decir que el hijo de Finn, llamado Ossyan, se fue con una hermosa y joven hada a Tirnanoge, el País de la Juventud, y jamás regresó. Su padre y sus amigos, que sufrían por su ausencia, trataron de localizar el lugar y para ello fletaron innumerables expediciones, pero jamás fueron capaces de
ubicarlo.
Al escuchar estas palabras del anciano, mi alma se sintió agobiada por la pena y, silenciosamente, aparté el caballo de aquella gente que me contemplaba asombrada y me dirigí en línea recta hacia Alien, cruzando las verdes planicies de Leinster, en las que tantas veces habíamos cazado ciervos con mis camaradas fianna. Pero al llegar allí recibí la más amarga de las sorpresas, ya que encontré la colina desierta, sin rastro alguno de los aldeanos que habían poblado el lugar, y el castillo de mi padre en ruina y cubierto por la maleza.
Con renuencia, aparté lentamente el potro blanco de lo que había sido mi hogar durante muchos años, y recorrí la región en todas direcciones, en busca de indicios de quienes alguna vez —las palabras de Niamh martillaban amargamente mis oídos— habían sido mis amigos. Sin embargo, lo único que hallé fueron pequeños grupos de pobladores desconocidos, que me contemplaban con una actitud desconfiada, y nadie reconocía en mí al hijo de quien había sido el rey absoluto de aquella región. Visité todos los rincones que alguna vez habían regido los fianna, pero todos sus feudos estaban como en Alien, solitarios e invadidos por la cicuta y las ortigas.
En mi peregrinaje, finalmente arribé a Glenasmole, donde tantas veces cazara con Edwin McEntyre, uno de mis camaradas fianna, y allí vi a un gran grupo de gente reunida alrededor de una enorme roca. Tan pronto como me vieron, uno de ellos se dirigió rápidamente hacia mí y me dijo:
—Poderoso héroe, a la primera mirada se ve que tú eres un hombre generoso y
de grandes fuerzas; te suplico que nos ayudes en este apuro, porque de lo contrario
muchos de nosotros vamos a encontrar la muerte aquí.
Acerqué mi caballo al centro del grupo y pude ver que trataban en vano de
desplazar una enorme piedra, lisa como una laja. Esta se hallaba semilevantada del
suelo por un extremo, y varios de los hombres se habían introducido debajo de ella,
pero no eran lo suficientemente fuertes para terminar de alzarla; peor aún, ni
siquiera eran capaces de soportar su peso mucho tiempo más, por lo que estaban
en un inminente peligro de ser aplastados por ella.
Mi primer sentimiento fue de vergüenza, al ver que tantos hombres fueran
incapaces de levantar una laja que mi amigo Edwin, de haber estado vivo, hubiera
tomado con una sola mano y la hubiera arrojado a mil yardas de aquella débil
muchedumbre. Sin embargo, después de haber comprendido el verdadero peligro
que corrían aquellas gentes, la piedad se impuso rápidamente a este sentimiento e,
inclinándome hacia adelante en la montura, tomé la piedra con la mano izquierda y
la levanté más de dos pérticas8 de su posición anterior, permitiendo así que los
hombrecillos abandonaran su peligrosa posición.
Pero aquel acto solidario significó mi perdición: el inusitado esfuerzo rompió la
cincha que sujetaba la silla de oro a la espalda de mi corcel y, al echarme hacia
adelante para evitar la caída, me vi repentinamente parado sobre mis dos pies;
¡parado precisamente sobre aquella tierra de Erín que mi adorada Niamh me había
anticipado que no debía pisar, so pena de no volver a verla nunca más!
El potro blanco, por su parte, apenas se vio libre de mi peso, corcoveó, lanzó un
prolongado relincho y partió con la velocidad de un relámpago, dejándome allí de a
pie, sumido en la más profunda desesperación al saber que ya no podría regresar
jamás a Tirnanoge.
Instantáneamente después de la partida del corcel blanco, un irreversible cambio
físico comenzó a producirse en mi cuerpo: mis cabellos rubios se convirtieron en
hirsutas guedejas de un gris ceniciento; mi vista se enturbió hasta no poder
distinguir mis dedos frente a mis ojos; mi rostro se transformó en una horrible
m

GILLA NA BRÂKON AN GOUR

Hace ya muchísimo tiempo, cerca de la antigua fragua y junto a la

margen derecha del río Slaney, en Enniscorthy, Eire, vivía una pobre

viuda, tan pobre que no tenía siquiera ropa para vestir a su hijo, a

quien, para abrigarlo en las crudas noches del invierno irlandés, debía

acostar en el pozo de las cenizas, cerca del hogar, y cubrirlo con los

rescoldos tibios que el fuego iba dejando caer. Pero el niño fue creciendo y cada año

la abnegada madre debió ir agrandando y ahondando un poco más el pozo, para

que su hijo pudiera caber en él.

Finalmente, en una ocasión en que la pobre mujer iba caminando hacia la ciudad

de Callan, en el condado de Kilkenny, a visitar a un pariente, encontró una cabra

muerta, a la cual desolló y cuya piel llevó luego a su casa; con ella le confeccionó un

par de brâkes1 a su hijo quien, por primera vez en su vida, pudo salir a dar un

paseo por el pueblo. Al día siguiente la mujer le dijo:

—Tom, etnïosi2 mío, en tu vida jamás has hecho nada útil todavía, a pesar de tus

dieciocho años y tus dos metros de estatura, así que ahora toma esta cuerda y el

hacha y ve a traerme leña del bosque.

—No tendrás que repetírmelo, madre— respondió el hijo—. Voy inmediatamente.

Pero cuando hubo cortado y atado la leña se le apareció un enorme gigante, de

más de tres metros de alto y, sin decir “agua va”, le lanzó un violento golpe con un

garrote que llevaba en la mano y que, de no haberse apartado Tom a tiempo, lo

habría dejado tendido allí mismo. Luego de esquivar el ataque, el muchacho tomó

una gruesa rama de roble que había cortado él mismo y al primer golpe que le

asestó, dejó al gigante casi inconsciente sobre el suelo.

—Si sabes alguna plegaria —le dijo—, rézala ahora, porque en un segundo te

haré pedazos esa fea cabezota que tienes.

—Nunca supe ninguna oración —contestó el gigante—, pero si me perdonas la

vida te regalaré mi garrote. Así como lo ves, no es una simple porra, sino un

talismán mágico y, mientras vivas libre de pecado, cumplirá todos tus deseos y

nadie podrá vencerte en una pelea.

Encantado, el joven no tuvo inconveniente en perdonarle la vida y, apenas se

hubo marchado el gigante, se sentó a horcajadas sobre la gavilla de leña, le dio un

ligero golpe con el garrote y se dirigió a ella en esta forma:

—Leña, me ha dado mucho trabajo cortarte y empacarte, y casi pierdo la vida

por haber venido a buscarte; así que ahora, lo menos que puedes hacer tú por mí

es llevarme a casa.

Sus palabras surtieron el efecto deseado, porque la gavilla se separó del suelo y

lo llevó a través del bosque como un caballo, crujiendo y restallando mientras lo

hacía, hasta llegar a la puerta de su casa.

A los pocos días, una vez que toda la leña se hubo consumido, Tom fue al

bosque por más, y esta vez debió luchar con otro gigante, éste de dos cabezas y

una enorme joroba entre ellas. Pero el nuevo adversario tampoco fue un problema

grave; solamente le dio un poco más de trabajo vencerlo; luego, a cambio de su

perdón, el ogro le entregó un pífano igualmente mágico, cuyo sonido hacía que todo

el que lo escuchara no pudiera dejar de bailar hasta que cesaba la música. De

nuevo Tom regresó cómodamente sentado sobre el haz de leña, que esta vez

recorrió todo el camino hasta su casa bailando al compás de las melodías del pífano.

El siguiente rival fue un gigante de tres cabezas, todas ellas de rasgos bellos y

delicados, que, como tampoco sabía ninguna plegaria, le dio a Tom una redoma con

un ungüento verde que curaba todo tipo de heridas, escaldaduras y llagas,

restaurando la piel como si nada hubiera sucedido.

—Te agradará saber que ya no quedan más seres como yo y los otros que has

vencido antes, así que de ahora en adelante podrás venir al bosque a cortar leña

todas las veces que quieras, sin que te moleste gigante ni trasgo alguno.

Al oír estas palabras, Tom se sintió más orgulloso que diez pavos reales juntos y

pronto se acostumbró a salir todas las tardes a pavonearse por las calles del

pueblo; sin embargo, los chiquillos de Enniscorthy, que no tenían modales

demasiado educados, se burlaban de él, por su porra y sus brâkes de piel de cabra,

y lo seguían por la calle, zahiriéndolo con pullas y bromas descaradas. A Tom las

mofas no le gustaban, pero se sentía mal con la idea de darles una tunda, así que

se aguantaba como podía y no respondía a las burlas.

Así continuaron las cosas hasta que un día, mientras Tom daba su paseo

acostumbrado, desde el otro extremo de la calle apareció un pregonero llevando

una gran trompeta y vestido con un pantalón de pana, una camisa con pintas y un

gorro de montero en la cabeza. Al llegar al centro de la plaza, el hombre hizo sonar

su instrumento y luego proclamó que la hija del rey de Dublín se sentía tan triste y

melancólica, que en siete años no había reído ni una sola vez, y que su padre

estaba dispuesto a concederle su mano a quien pudiera hacerla reír tres veces

seguidas.

—Esto es justo lo que necesitaba —pensó Tom y, sin gastar más luz del sol de su

pueblo, besó a su madre, agitó el garrote amenazando a los pilluelos y partió por la

amarillenta carretera rumbo a Dublín.

Luego de caminar varios días, llegó a una de las entradas de la ciudad pero,

cuando trató de entrar, Continue reading ‘GILLA NA BRÂKON AN GOUR’

Sexto dia fuera de Nunca Jamas | Guerra

Lamentablemente una vez que salimos de la casa de la princesa Kwil caminamos todo el día hasta la noche, donde paramos en un bosquecito a dormir.

El bosque sexto dia

Al principio lo veíamos como un tranquilo bosque pero, al tiempo de estar ahí, empezamos a sentir la tensión del ambiente. Y notamos que un escuadrón de elfos que deambulaban por el puente que cruzaba el río que dividía el bosque. De un lado había humanos, del otro elfos y duendes compartían su lugar.

Al llegar la noche, seguía habiendo movimiento en el bosque. Campanilla y yo suponíamos que se venía algo grande. Algo grande estaba por suceder y realmente era así. Cuando empezamos a caminar por las orillas del río siguiendo el camino que costeaba a una de las montañas, encontramos otro puente que se anteponía a una catarata. En él, unos duendes llevaban caballos que parecían pertenecer a un ejército. Continue reading ‘Sexto dia fuera de Nunca Jamas | Guerra’

Vacaciones con Campanilla por Nunca Jamás

Lamento no haberles avisado, pero me fui de vacaciones con Campanilla por todo Nunca Jamás.

Estuve recordando viejos tiempos, de cuando jugaba con, el ahora escapado, Peter Pan.

Paseamos por los bosques y jugamos a la guerra de manzanas encantadas. :P
Perdí, Campanilla me volvió a ganar. Al igual que las últimas 5 veces que jugamos.

Intercambiamos objetos con los elfos del bosque perdido. Yo me traje dos sombreros con pluma y un par de zapatitos. Campanilla trajo frascos grandes, y ahora mismo está preparando jugo de flores para guardarlo en los frascos. :)

Fue muy divertido, la verdad la pasamos muy bien.

Les dejo una foto de cuando Campanilla se acercaba a la cascada de la suerte:

Vacaciones con Campanilla

Un paseo por los bosques de Nunca Jamás

Hoy estuve paseando por los bosques de Nunca Jamás, por eso el theme así… :-P , y me encontré con seres que hacía mucho que no veía.

El Escuadrón Elfo2 (EEE2), las hadas de la colina, el viejo leprechaun del roble, y muchos más…

La tarde era cálida. No hizo frío estos días por Nuna Jamás. Hubo un día de lluvia de cristales luminosos, pero sólo duró unos pocos minutos.

También jugué a la mancha con los piratas y el capitán garfio.
Esperé a campanilla a que se vistiera para pasear por la montaña.

Y en la caminata con campanilla encontré:

  • Un viejo reloj
  • Una botella de oro que contenía ron
  • Caramelos de muchos colores
  • Un dibujo de un paisaje
  • Una carta sin destinatario
  • Dos monedas de oro
  • Un sombrero percudido

En cuanto llegué a mi guarida, las ordené en mi estantería y me quedé mirándolas mientras campanilla me cantaba, hasta que me dormí.

Campanilla se había ido, para cuando desperté. Y una carta me dejó:

Disculpame por haberme ido sin avisarte. Pero es que pasó algo muy importante, hasta podría ser peligroso y tuve que marcharme tan pronto como pude.

Campanilla

Mientras trato de averiguar qué es lo que sucede, no puedo dejar de pensar si Campanilla estará bien…

¡Quiero saber cómo y dónde se encuentra!

¡Ya mismo voy a buscarla!