El Fantasma bebedor de sangre

En tiempos tan antiguos que sólo los recuerdan aquellos a quienes se los han contado sus abuelos, vivía en la parroquia de Gyleen, en el condado de Cork, sobre la costa del Mar de Erín, al extremo sur de la Isla Esmeralda, un joven de nombre John Shea, el cual cortejaba a tres doncellas del pueblo, sin poder decidir cuál de ellas le agradaba más. Y un día en que regresaba a su casa con sus hermanas, luego de haber concurrido a la feria del pueblo de Kinsale, éstas comenzaron a interrogarlo:
—Dime, John —preguntó Susyann, la mayor—, ¿por qué no te casas de una vez? ¿Qué esperas para decidirte por Annie, Maggie o Peg?
—No puedo contestarles eso hasta que no esté seguro de cuál de ellas desea lo mejor para mí —respondió el muchacho.
—¿Y cómo harás para averiguarlo? —inquirió la otra.
—Para saberlo, hace falta que muera alguien en la parroquia —agregó John enigmáticamente—. Sólo entonces podré decírselos.
A las dos semanas de esta conversación murió el herrero del pueblo, y John acudió al velatorio y al día siguiente al funeral. Sin embargo, al llegar al cementerio, el joven no se acercó al lugar del entierro, sino que permaneció a cierta distancia, junto a un mausoleo bastante deteriorado, que distaba algunos metros de la fosa y, cuando la comitiva se retiró, aún permaneció algunos minutos allí, meditando profundamente. Luego puso su bastón de saúco junto a la puerta del panteón, echó una mirada a su alrededor, como si despertara de un profundo sueño, y emprendió lentamente el camino de su casa, dejando el bastón junto a la entrada de la bóveda.
Una vez en su casa y luego de cenar, John se dirigió a la taberna del pueblo, donde solía reunirse con otros jóvenes amigos, y dio la casualidad de que sus tres novias se hallaban allí presentes, aunque el muchacho estaba tan callado que sus acompañantes no pudieron menos que notarlo.
—¿Qué pasa que estás tan callado esta noche, John? —preguntó una de las damiselas.
—Es que lamento haber perdido mi hermoso bastón de saúco —respondió el joven.
—¿Y cómo fue que lo extraviaste? —preguntó su amiga.
—En realidad, no fue que lo perdiera —explicó John—, sino que lo dejé olvidado junto al mausoleo que está cerca de la tumba donde hoy enterraron al herrero.
—¿Y qué piensas hacer al respecto? —se interesó Maggie, una de las candidatas.
—Yo, nada; pero estuve pensando que aquélla de ustedes tres que vaya a buscármelo esta noche será la que elija como esposa. ¿Quién de las tres irá por él?
—¡Pues yo, ni loca! —respondió Annie, la mayor de las tres.
—¿Y tú, Peggy? —preguntó John.
No iría al cementerio de noche ni aunque tuviera que quedarme soliera hasta el fin de los tiempos —contestó la aludida, en forma terminante.
—¿Y qué me dices tú, Maggie? —continuó el muchacho—. Si vas a buscarme el bastón, me casaré contigo.
—Iré a buscártelo —accedió la joven—, pero luego más te valdrá que cumplas con tu promesa, o lo lamentarás toda tu vida.
—Puedes estar segura de que lo haré.
Y ante esta confirmación, la muchacha dejó el salón y se dirigió al cementerio, que se encontraba a no más de tres millas de distancia de la taberna. Al cabo de unos minutos de caminata llegó al camposanto, cruzó la puerta entreabierta y se dirigió directamente a la bóveda, guiándose por la tumba recién cubierta. Pero cuando estaba por tomar el bastón, que seguía junto a la entrada, oyó una profunda voz que parecía venir del interior de la cripta:
—Deja el bastón donde está y abre el panteón —ordenó la voz.
Las rodillas de Maggie comenzaron a temblar y sus dientes castañeteaban de terror, pero el mismo miedo le impedía negarse a lo que la voz le exigía.
—Ahora abre la tapa del cajón que hay a tu derecha —volvió a ordenar el muerto, pues Maggie ya estaba segura de que de eso se trataba—. ¡Sácame de aquí y cárgame a tu espalda!
Incapaz de negarse, la muchacha descorrió la tapa, se echó el cadáver a la espalda y salió de la cripta.
—Sal del cementerio y llévame hasta la primera casa que hay sobre el camino real —insistió la perentoria voz y la muchacha volvió a obedecer.
—¡No! ¡Aquí no podemos entrar! —exclamó el muerto—. Aquí dentro tienen una pila de agua bendita y no puedo soportarla. ¡Llévame a la casa de al lado!
Obedeció la joven y tampoco pudieron ingresar a esa casa, pues los habitantes tenían una cruz colgada en el interior de la puerta. Finalmente fueron a la tercera casa y el cadáver estuvo de acuerdo con la elección:
—Está bien, entra aquí. Éstos no tienen agua bendita ni cruces, así que nos podemos quedar.
Maggie entró en la casa cargando con el cuerpo, y la voz le ordenó:
—Ahora, tráeme una silla y ponme sentado en ella junto al fuego. Luego, búscame algo de comida y de bebida.
La muchacha obedeció, lo sentó frente al hogar, que estaba encendido, y buscó por la casa, regresando con un plato de guiso de lentejas, pero sin bebida alguna.
—Para beber sólo puedo ofrecerte un jarro de agua sucia —dijo al muerto.
—Entonces, tráeme un tazón y un cuchillo afilado.
Y cuando ella regresó con lo pedido, le ordenó:
—Cárgame de nuevo y llévame a la habitación de arriba, y no te olvides el tazón.
Así lo hizo, y juntos entraron en el dormitorio, en el cual dormían tres niños, hijos del dueño de casa; y mientras Maggie sostenía el tazón, el muerto fue cortando las muñecas de los chicos y recogiendo en el tazón la sangre que manaba de las heridas.
—Esto es para que sus padres aprendan —explicó el cadáver parlante—. Si hubieran tenido agua fresca y limpia en la casa, no les habría sacado la sangre —continuó, mientras cerraba las heridas de tal forma que no se notaba ni la menor señal de los cortes—. Ahora mezcla esto con el guiso de lentejas, y sirve un plato para mí y otro para ti.
Ella tomó dos cucharas y otros tantos platos de la alacena, sirvió una porción de guiso en cada uno, después de mezclarle la sangre, v ungió comer, aunque, en realidad, escondía el guiso en un pañuelo que llevaba al cuello, hasta que vació el plato.
—¿Te has comido tu parte? —preguntó el muerto.
—Sí —respondió la muchacha.
—Pues yo casi he terminado la mía, así que ya puedes lavar los platos y regresarlos al aparador.
Maggie hizo lo que le mandaba, aunque no se preocupó de lavarlos, y regresó junto al cadáver.
—Ahora, cárgame de nuevo y llévame de vuelta al sitio donde me encontraste —ordenó éste.
—¿Y cómo podría hacerlo? —se quejó ella—. ¡Si casi me muero cuando te traía, menos aún voy a poder hacerlo ahora, que has comido tanto!
—Es que tú también estarás más fuerte después de comer, así que me puedes llevar de vuelta a la bóveda.
Así que Maggie no tuvo más remedio que cargarlo contra su voluntad, pero antes envolvió la comida en el pañuelo y lo escondió dentro de un profundo agujero junto a la puerta de la cocina, donde los dueños introducían la tranca para asegurar la hoja de madera. Luego se echó el cadáver de nuevo a la espalda y emprendió el regreso al camposanto, pero esta vez cortó camino a través de un espacioso solar, siguiendo las órdenes del muerto. Pero cuando estaban al otro lado del terreno baldío, la muchacha le preguntó si había alguna cura para los niños a los que acababa de sacar la sangre.
—No hay más cura que una —respondió el cadáver—, pero sólo se le podría administrar si hubiera quedado algo del guiso con sangre, pues entonces, con tres bocados puestos en la lengua de cada uno de ellos se les devolvería la vida, y ni siquiera sabrían que estuvieron muertos por un tiempo.
“Entonces —pensó Maggie— todavía hay tiempo para salvarlos, y lo voy a hacer en cuanto regrese a la casa”.
—¿Ves ese campo? —la voz del muerto la distrajo de sus pensamientos.
—Sí.
—Bueno, pues debes saber que allí hay enterrado tanto oro como para hacer ricas a varias familias de este condado. ¿Ves esos tres lechtans? Debajo de cada uno de ellos hay una enorme olla llena de monedas de oro.
En ese momento, las palabras del muerto se vieron interrumpidas por el canto de un gallo, justo cuando llegaban al portal del cementerio.
—Canta el gallo —dijo entonces Maggie—. Está siendo hora de que regreses a tu ataúd.
—Todavía queda un rato; ese gallo está muy apurado por despertarse.
Un instante después se repitió el canto y Maggie dijo:
—Escucha, está cantando por segunda vez.
—No, ése es otro gallo apurado, no sabe lo que hace.
Mientras se acercaban a la puerta del mausoleo, se escuchó un tercer canto.
—Bueno, ése tiene que ser el gallo correcto —dijo la joven.
—Muchacha, este último gallo te ha salvado la vida. De no ser por él, te hubiera llevado conmigo a la cripta y jamás habrías salido de allí. Y de haber sabido yo que ese gallo cantaría tan pronto, tú no sabrías lo que ahora sabes sobre ese campo y las ollas de oro. Colócame rápido en el ataúd donde me encontraste, pero tómate tu tiempo y hazlo bien, porque ahora ya no puedo hacerte ningún daño.
—¿Me dirás quién eres, antes de que me vaya?
—¿Alguna vez has oído hablar de un hombre llamado Edward Derrihy, o de su hijo Michael? —preguntó el muerto, mientras ella lo colocaba en el féretro.
—Muchas veces he oído a mis padres hablar de ellos.
—Bueno, entonces te diré que Edward Derrihy era mi padre y que yo soy Michael. Ese bastón de saúco que has venido a buscar esta noche al cementerio ha sido tu prenda de buena suerte, aunque estoy seguro de que si hubieses sabido el peligro que te acechaba no habrías venido. Ahora déjame con cuidado en el ataúd y cierra la puerta de la cripta al salir.
Así lo hizo la muchacha, cerró cuidadosamente la puerta y, luego de tomar el bastón, regresó rápidamente a su casa, llegando a ella casi al amanecer. Se encontraba mortalmente cansada, y no era para menos, después de haber cargado el cadáver a lo largo de más de seis millas. Antes de entrar, sin embargo, arrojó el bastón al tejado de bálago que había sobre el portal de entrada, y llamó a la puerta.
—¿Dónde has pasado la noche? —preguntó su hermana al franquearle la entrada—. No me gustaría estar en tus zapatos mañana, cuando madre te pregunte dónde has estado todo este tiempo.
—Vuelve a la cama y no te preocupes por mí— le respondió Maggie, y ambas regresaron al dormitorio que ocupaban juntas.
A la mañana siguiente, cuando se levantaron los padres de los tres jóvenes desangrados por el vampiro y no vieron señales de sus hijos, la madre fue a la habitación a llamarlos y los encontró a los tres muertos en sus camas. Al verlos así, pálidos y exangües, salió chillando a la calle, y todos los vecinos se agolparon a su alrededor, tratando de entender qué había sucedido. En medio de sollozos y gemidos, la pobre mujer les dijo que sus tres hijos habían amanecido muertos en la cama, y la noticia no tardó en correr por todo el pueblo como un reguero de pólvora. También los padres y la hermana de Maggie acudieron presurosos a la casa de los fallecidos, pero la muchacha se quedó en la cama, y cuando sus padres regresaron, la madre tomó una vara de mimbre y comenzó a castigarla, no sólo por haber permanecido toda la noche fuera de la casa, sino también por perezosa.
—Levántate de una vez, holgazana —chilló la madre—, y vete de inmediato al velatorio, que los tres hijos de nuestros vecinos han muerto misteriosamente por la noche.
Sin embargo, la muchacha no pareció demasiado conmovida por la noticia y sólo le dijo:
—Es que estoy muy cansada y me siento enferma. Perdóname por lo de anoche, y dame algo de beber y de comer.
La madre se apiadó de su apariencia maltrecha y le dio leche y algo de cereal, y hacia el mediodía la chica ya se encontraba en condiciones de dejar el lecho, así que marchó a la casa de sus vecinos. Para cuando llegó allí, ya se había reunido una verdadera muchedumbre y los llantos de las plañideras se escuchaban desde varias manzanas a la redonda. Sin embargo, Maggie no lloró, sino que se dirigió directamente hacia el padre, que gemía desconsolado, caminando de un lado a otro y retorciéndose las manos.
—Tranquilícese, señor —trató de calmarlo Maggie—. No se preocupe, que todo saldrá bien.
—¿Cómo quieres que me tranquilice, niña, si mis tres pobres hijos yacen muertos en sus lechos, sin una gota de sangre en las venas?
—Dígame —lo interrumpió ella—, ¿qué le daría usted a la persona que les devolviera la vida y la salud?
—Le daría todo lo que tengo, dentro y fuera de la casa, pero, desgraciadamente, eso es imposible; no hay nadie que pueda volverlos a la vida.
—No deseo que piense que estoy presumiendo ni jactándome —dijo ella—, pero yo puedo devolverles la vida.
—Dudo que puedas hacerlo, pero si fuera posible, cumpliría con mi palabra.
—No quiero todo lo que me ha ofrecido. Sólo le pido a su hijo mayor en matrimonio y el Gort na Leachtan (el campo de los montones de piedra) como dote.
—Querida mía, si logras salvar a mis hijos, no sólo te daré lo que me pides, sino también mis mayores y más sentidas bendiciones. Es más, te daré el campo por escrito ahora mismo, tanto si logras salvar a mis hijos como si no lo consigues.
Maggie aceptó la generosa propuesta de buena gana, y el hacendado le donó el campo mediante un documento de su propio puño y letra, tras lo cual la joven pidió a todos y cada uno de los presentes que abandonaran la casa y no volvieran hasta que ella misma los llamara. Algunos lo hicieron a regañadientes, otros burlándose y los más llorando, pero finalmente sólo quedaron en la casa ella y los tres fallecidos.
Tan pronto como la última de las lloronas se hubo marchado, la muchacha cerró la puerta con tranca, se dirigió a donde había dejado el pañuelo, lo abrió y colocó en la boca de cada muchacho tres bocados del guiso de lentejas mezclado con su propia sangre. A los pocos instantes, los tres recobraron su color natural y comenzaron a respirar normalmente, como si estuvieran dormidos; entonces la muchacha fue hasta la puerta, les pidió a todos que entraran y dijo al padre que subiera a despertar a sus hijos.
Aún no del todo convencido, el hombre subió a la habitación de ellos y los llamó por sus nombres, ante lo cual los tres despertaron tranquilamente y, aunque parecían muy cansados, se vistieron con rapidez, asombrados de ver a tantas personas a su alrededor.
—¿Qué pasa que hay tanta gente aquí? —preguntó intrigado el hijo mayor.
—¿Es que no recordáis nada de lo que os sucedió durante la noche? —lo interrogó a su vez el padre.
—¿Qué pudo habernos pasado? Simplemente nos quedamos dormidos como todas las noches —respondió el hijo menor.
El padre les explicó entonces lo que les había sucedido, pero ellos aún no podían terminar de convencerse, aunque, por el hambre que sentían, parecía como si la explicación fuera la cosa más lógica del mundo.
Maggie, por su parte, cuando vio que los muchachos se habían recuperado totalmente, volvió a su casa y contó a sus padres las peripecias de la noche anterior: el viaje cargando al muerto desde el cementerio a la casa, lo que sucedió allí y el regreso a la cripta, y les pidió encarecidamente que no dijeran a nadie lo que les había contado. A continuación, se dirigió a la casa de los tres jóvenes y pidió hablar con el padre.
—He venido a reclamar lo que me prometió.
—Pues tendrás eso y más, con mi bendición, pues sin ti mis hijos hoy estarían en una fría tumba —dijo el hombre. Luego llamó a su hijo mayor y le preguntó si se casaría con la mujer que le había salvado la vida.
—Por supuesto que lo haré, y con mucho gusto —respondió Aldryn, que así se llamaba el muchacho.
Tres días después ambos se casaron y celebraron una espléndida boda, seguida de una fiesta que duró otros tantos días con sus respectivas noches. Luego pasaron dos semanas disfrutando de su matrimonio, al cabo de los cuales Maggie dijo a su esposo:
—Nuestras vacaciones han sido muy placenteras, pero ha llegado el momento de trabajar. Mañana por la mañana os daré a ti, a tu padre y a tus hermanos trabajo en abundancia, así como también a toda mi familia.
Y al día siguiente los llevó al primero de los lechtans j le dijo:
—Apartad estas piedras y comenzad a cavar un hoyo debajo de ellas.
Sus cuñados y su suegro la miraron como si hubiera perdido el juicio, pero ella les dijo que no se preocuparan, que pronto se darían cuenta de por qué se los pedía. Así que pusieron manos a la obra y no se detuvieron hasta que hubieron cavado un pozo de seis codos de profundidad, en el fondo del cual encontraron una laja cuadrada de tres codos de lado, en cuyo centro se veía una enorme argolla de hierro.
—Pues, para que alguien se haya tomado tanto trabajo en enterrarlo, lo que hay allí debajo tiene que ser muy importante —dijeron los hombres y levantaron la piedra, debajo de la cual encontraron la olla de oro.
—Esto no es nada —los animó Maggie—. Aún hay más riquezas en este lugar. Vayamos ahora al siguiente lechtan.
Nuevamente apartaron las piedras, cavaron, levantaron la segunda laja y retiraron otra olla. Luego repitieron la operación con el tercer montón y extrajeron la tercera vasija. Pero en el costado de este tercer recipiente encontraron una inscripción, escrita en caracteres tan extraños que no los pudieron descifrar, de modo que, luego de vaciarla, pusieron la olla junto a la puerta.
Más de dos meses debieron transcurrir antes de que acertara a pasar por el camino un anciano pobre, que venía precedido de una bien ganada fama de sabio, al que pidieron que estudiara la inscripción, para ver si lograba descifrarla.
—Sí que puedo —aseguró el mendigo-sabio, que no era otra cosa que un hechicero, versado en las artes mágicas de los antiguos druidas—. Lo que dice la leyenda es: “Hay mucho más de lo mismo en el lado sur de cada olla”.
El joven esposo no dijo nada, pero le entregó al sabio una suma que excedía con mucho el jornal de un mes de un labrador y, tan pronto como se hubo marchado, se pusieron todos al trabajo, encontrando mucho más oro en los sitios que indicaba la vasija.
Aquel tesoro inesperado los hizo a todos aún más ricos de lo que ya eran, con lo que construyeron espléndidas casas para cada uno de los integrantes de ambas familias y compraron varías granjas y grandes hatos de ganado.
Sin embargo, a Maggie aún la intrigaba una cuestión que no terminaba de comprender del todo: ¿de dónde había salido toda aquella riqueza? ¿Había pertenecido al tesoro de los Derrihy?
Pero, finalmente, la felicidad y el bienestar que rodeaban a Maggie y a todos sus seres queridos fueron tan grandes, que no valía la pena que ella se preocupara por nimiedades. Por lo tanto, la joven y su familia se dedicaron a disfrutar de la vida y a administrar cautamente sus bienes; a tal punto que, al morir ellos, los bienes resultantes fueron suficientes como para asegurar la prosperidad de sus descendientes hasta la séptima generación.

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