Ya conoces los distintos tipos de hadas?
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El Pescador y la Murdwach

Hace ya mucho, pero mucho tiempo, vivía en el pueblo de Killarney, en la más occidental de las islas Aran, en la bahía de Galway, un anciano pescador, cuya familia, compuesta por su esposa y siete hijos varones, pasaba tantas penurias económicas que muchas veces no hallaban en su casa un solo bocado que llevarse a la boca, por lo que el pobre hombre debía ir a la playa a buscar mariscos con que alimentarlos, cuando las galernas invernales no le permitían salir a pescar con su maltrecho bote.

Pero cierto día en que regresaba al hogar sin haber podido atrapar un solo pez, vio surgir del mar a una hermosa mujer de largos cabellos verdes, que se dirigió a él de esta forma:

Pobre pescador, me entristece verte tan desdichado. Concédeme a tu hijo mayor en matrimonio para mi hija, y yo te ayudaré, y ya no volverán a pasar penurias ni tú ni tu familia.

—No me agrada la idea de darte a mi hijo ahora que, por su edad, ya es casi capaz de ayudarme a mantener la casa.

—Puedes mantenerlo contigo hasta que haya cumplido los veintiún años —concedió la murdwach, pues de una de ellas se trataba—. Pero luego lo llevaré conmigo, y tú recibirás de mí mucho más de lo que él podría darte con su trabajo. De cualquier manera, tú tienes muchos hijos, y puedo asegurarte que estará muy bien con nosotros.

Pensando en el triste regreso a su casa sin un solo pescado para alimentar a su familia, el pobre pescador le prometió a la murdwach que le daría a su hijo mayor cuando cumpliera la edad requerida, y ella le respondió:

—Ahora ya puedes arrojar tus espineles cuando quieras, y obtendrás toda la pesca que necesites.

Así lo hizo el hombre, y pronto tuvo todos los peces que quiso, así que recogió sus anzuelos y puso proa hacia la playa, donde ya lo esperaban los niños, preocupados por la tardanza de su padre.

Sin embargo, cuando vieron que éste bajaba de la barca cesto tras cesto de frescos y sabrosos peces, se dispusieron a ayudarlo con la limpieza del botín. Y el anciano no se olvidó de sus amigos, y tomando algunas de las mejores presas, las envió a las casas vecinas, de donde le retribuyeron con algunas cosas que él necesitaba, con lo cual el pescador consiguió alimentos de todo tipo para su familia.

Pero allí no terminó la cosa, pues después de esto, el hombre obtuvo diariamente todos los peces que necesitaba, y todos de la mejor calidad, así que pronto pudo disponer, no sólo de alimentos sin límites para su familia, sino también de cierto dinero, con el cual compró una hermosa granja, que luego amplió una y otra vez, hasta disponer de todo un pueblo para él y sus hijos.

Y aquello no fue todo, porque la murdwach, además de brindarle toda la pesca que deseaba, pues él nunca abandonó su profesión, también solía traerle, una o dos veces a la semana, pequeñas bolsitas llenas de monedas de oro, que recogía de antiguos naufragios, y con el fruto de las cuales el pescador envió a sus hijos a la escuela y compró para ellos todo lo que él nunca había tenido de pequeño.

Pero cuando se aproximó la hora en que debía entregar en matrimonio al mayor de sus hijos a la dama del mar, el pobre hombre se sentía tan afligido y culpable, que se enfermó y pronto debió guardar cama por la gravedad de su estado. No obstante, aun así no dijo nada a su familia del trato que había hecho, y ninguno de ellos sabía de la existencia del hada.

Hasta que un día el hijo mayor, de nombre Ewan, viendo que su padre se encontraba cada día más apesadumbrado y enfermo, se acercó al lecho y le preguntó qué le pasaba.

—No es nada, hijo; sólo me siento un poco afiebrado, así que hoy no me levantaré de la cama.

Preocupado por la salud de su padre, el muchacho trajo a su madre al dormitorio y, en su presencia, aseguró a su padre que, si no le decía qué era lo que le sucedía, se marcharía de la casa y nunca volvería a pisarla.

—¡Como desearía que ninguno de ustedes oyera esto que voy a contarles! —exclamó entonces el pescador—. Pero ya que me amenazas con marcharte para siempre, creo que no tengo más remedio que contártelo.

Y a continuación narró a su esposa y a Ewan toda la historia, desde el momento en que había conocido a la murdwach, hasta ese mismo día. Les contó cómo la sirena había surgido de las aguas y le había ofrecido todo lo que pudiera desear, si sólo le prometía a su hijo mayor en matrimonio.

—Yo era muy pobre entonces, y tú y tus hermanos eran muy pequeños, y no podía verlos pasar hambre, así que no tuve más remedio que prometérselo —agregó pesaroso.

—No te preocupes, padre. Aunque yo me tenga que ir, aún les quedarán seis hijos, y a mí no me pasará nada grave, ya que no creo que esa dama desee matarme, después de haberse tomado tantas molestias para llevarme con ella. Por otra parte, quizás ni siquiera me encuentre. Me llevaré el mejor caballo de la cuadra y pararé tierra adentro, lejos de la orilla del mar, para que no pueda localizarme.

Así, el anciano pescador le dio su mejor caballo, lo condujo en la barca hasta Fanore Bridge, en tierra firme, y Ewan se marchó en busca de fortuna, mientras su padre y su madre lo miraban partir, orando en silencio hasta que su hijo se perdió de vista tras un terraplén.

Prosiguiendo su camino, el joven llegó a la orilla de un gran lago y, mientras paseaba por su amplia playa, vio en ella un oso, un halcón y un erizo, que se disputaban el cuerpo de una oveja muerta que yacía ante ellos. Al verlo, los animales le gritaron al unísono:

—¡Bienvenido seas, Ewan, hijo del pescador de Killarney! Nos alegramos de verte, pues tenemos un pequeño litigio aquí y pensamos que podrías resolverlo para nosotros.

—¡Ni una palabra más! —contestó el joven—. Y podéis estar seguros de que no quedaréis defraudados con mi solución.

A continuación, Ewan tomó su cuchillo, dividió el cadáver de la oveja en tres partes y le dio el cuerpo al oso, la cabeza y las patas al halcón y las entrañas al erizo, tras de lo cual se dispuso a partir.

—¡Espera! —lo llamó el oso—. Antes de que te vayas queremos manifestarte nuestro agradecimiento y darte algún regalo de despedida. Por mi parte, te daré un poder: si alguna vez te encuentras en peligro, sólo tendrás que mencionar mi nombre e inmediatamente te convertirás en oso y adquirirás toda la fuerza física que eso representa.

—¡Pues yo te daré algo parecido! —exclamó el erizo—. Cuando te sea necesario, invocarás mi nombre y te convertirás en erizo.

—¡Y yo no voy a ser menos! —dijo a continuación el halcón,

concediéndole su poder a Ewan en la misma forma. Entonces el joven montó sobre su caballo y se alejó al trote, hasta que decidió comprobar prácticamente cuánto había de verdad en lo que sus tres amigos le habían concedido. Desmontó de un salto, ató las riendas al pomo de la silla y dejó que el caballo siguiera solo su camino, mientras exclamaba:

—¡Reclamo el poder del halcón, para cruzar volando este río!

Apenas habían brotado las palabras de su boca, cuando se transformó en uno de los halcones más hermosos y fuertes que hubieran visto ojos humanos, y se lanzó a los aires, volando sobre las aguas hasta la orilla opuesta y luego más allá todavía. Sintiéndose poderoso y lleno de energías, voló largas horas hasta que, a mediados del día siguiente, vio debajo de él un lujoso coche tirado por cuatro caballos, y en él pudo distinguir a tres hermosas jóvenes que se dirigían a la feria de un pueblo cercano.

De inmediato inició el descenso y comenzó a revolotear en círculos alrededor del carruaje, hasta que la mayor de las tres hermanas lo tomó entre sus manos, lo introdujo en el coche y comenzó a acariciar suavemente su lomo.

—Me llevaré este halcón a casa —dijo la dama— y lo conservaré como mi mascota.

Dicho esto, al llegar a la feria dejó el halcón encerrado dentro del carruaje, pero al regresar a éste, un poco antes de que lo hicieran sus hermanas, no encontró ya el ave, sino que vio a Ewan, el hijo del pescador de Killarney, que la esperaba fuera del coche, pero en su forma humana. Inmediatamente se sintió atraída por él, pues le pareció el hombre más agraciado del mundo, y se quedó largo tiempo conversando con él.

Luego de un rato de charla, la joven dijo a Ewan:

—Dentro de algunos días habrá un torneo en nuestro castillo, pues mi padre ha decidido darnos en matrimonio a mis hermanas y a mí, y acudirán muchos grandes hombres de armas, entre los cuales se elegirán nuestros prometidos. El castillo está rodeado por una alta muralla de piedra, sobre cuyo parapeto hay gran cantidad de afilados garfios de hierro, y mi padre ha decidido que sólo obtendrán nuestras manos los tres hombres que sean capaces de franquear esa muralla a caballo.

—¿Obtendría tu mano un hombre que cruzara, la muralla solo, sin caballo?

—No —respondió la muchacha—, únicamente podrá obtenerla si la cruza a caballo, de ida y vuelta.

—Si yo tuviera mi caballo conmigo podría hacerlo, pero los guerreros no tardarán en llegar y no tengo tiempo de ir a buscarlo. ¿Sabes si podría encontrar por aquí un corcel capaz de lograrlo?

—No hay muchos caballos capaces de una proeza como ésta, y quizás no encuentres nunca en tu vida un animal que pueda hacerlo. El único que conozco que puede cruzar esa muralla como un pájaro pertenece a mi viejo maestro de equitación, pero está a miles de millas de aquí, y no tendrías tiempo material para ir y volver antes del torneo.

Quizás si hubieras llegado algunos días antes hubieras podido conseguir el caballo y regresar a tiempo, porque te hubiera dado una carta de presentación, y mi viejo maestro no me lo negaría.

—Bueno, escribe ya mismo esa carta; tal vez pueda ir y volver a tiempo.

La joven escribió la carta, pero dijo:

—Es demasiado tarde; la escuela de mi maestro se encuentra demasiado lejos para que puedas regresar en uno o dos días.

A pesar de sus palabras, Ewan tomó la misiva y se marchó caminando, pero en cuanto hubo salido de la vista de la muchacha, invocó el poder que le había otorgado su amigo el halcón, transformándose inmediatamente en una de esas aves. Se alejó volando raudamente, y no descansó hasta llegar a los alrededores del castillo del viejo maestro, donde retomó su forma humana.

Una vez convertido en hombre, se acercó nuevamente al portal de castillo y se dirigió al guardia que custodiaba la puerta.

—Dile a tu amo que Ewan, el hijo del pescador de Killarney se encuentra aquí, y que traigo una carta de su alumna para él.

—Abre las puertas —respondió el maestro inmediatamente—. Puede tratarse de uno de los postulantes a su mano, que está cumpliendo un recado importante.

Al abrirse el portón, Ewan se encontró frente a frente con el viejo maestro, quien, después de leer la esquela, le dijo:

—No puedo negarte el caballo, pero mucho me temo que no lograrás regresar a tiempo. Existe un poderoso hechicero que también aspira a la mano de la princesa, y que tratará de detenerte con su magia durante tu vuelta. Interpondrá en tu camino un desierto de diez millas de ancho, sembrado de estacas de acero, de cuatro metros de altura y afiladas como dagas. Toma esta botella; cuando te encuentres entrando en el desierto, dale un trago de este líquido al caballo y éste cobrará fuerzas para volar por sobre las estacas. Pero esto no será todo —continuó el anciano—; una vez que hayas cruzado el arenal, te encontrarás con una montaña de fuego de diez mil codos de altura. Entonces deberás darle otro trago al corcel, que franqueará la montaña; sin embargo, el brujo te interpondrá aún otro obstáculo: un brazo de mar de diez millas de ancho, que el caballo puede cruzar, pero cuyas olas son tan fuertes que quizás no puedas mantenerte sobre la montura.

—Tú, dame el caballo —respondió impaciente el joven—, que yo me encargo de todo lo demás. Jamás he visto un caballo que yo no pueda montar, o que haya logrado desmontarme.

Y después de pronunciar estas palabras, saltó sobre el lomo del animal y se alejó a galope tendido, asombrándose al ver que el caballo, ansioso por no haber salido de su cuadra por largo tiempo, se elevaba por los aires, en lugar de correr por el suelo. Así voló durante un largo rato, hasta que se posó nuevamente en tierra, y Ewan pudo ver algo así como una selva que surgía del piso, pero no se trataba de árboles, sino de las estacas que le había anunciado el viejo maestro. Deteniéndose brevemente, sacó la botella y dio un trago al caballo, que se elevó nuevamente por los aires, sobrevolando fácilmente las diez millas de estacas.

Poco tiempo después aparecía ante su vista la aterradora montaña de fuego, ante la cual volvió a dar de beber al caballo un nuevo sorbo del líquido mágico, del que obtuvo tanto poder que de un solo salto cruzó la infranqueable muralla ígnea.

Ewan hizo descender entonces al caballo y, después de viajar un largo rato sin detenerse, llegaron frente al proceloso brazo de mar que le cortaba el paso. Tiró entonces de la rienda y le dio un tercer trago al animal, que franqueó fácilmente el agua, mientras el joven hacía esfuerzos por mantenerse sobre la montura, cosa que logró sin demasiadas dificultades.

Continuó entonces su viaje a toda velocidad y no se detuvo ya hasta llegar al castillo, desde cuya ventana la joven esperaba ansiosamente su regreso. Tanto los terrenos fuera de la muralla, como los patios interiores del castillo rebosaban de gente, caballos y tiendas de campaña, en las que se apretujaban jóvenes paladines de los cuatro rumbos del mundo; todo hombre que se considerara un jinete medianamente bueno se había dado cita allí para aspirar a la mano de una de las princesas, franqueando la muralla.

Finalmente, al día siguiente llegó el momento de la prueba. Cientos

de jinetes comenzaron el asalto a la muralla; algunos de ellos no llegaron ni siquiera a la mitad de su altura, cayendo ruidosamente al suelo. Otros llegaron hasta las almenas erizadas de clavos, cayendo sobre éstos e hiriéndose gravemente, algunos de ellos muriendo en el intento. Muchos buenos caballos y jinetes murieron ese día por desafiar la muralla fatídica.

Hasta que llegó el turno de Ewan, el hijo del pescador de Killarney. Retirándose algunos cientos de metros para tomar impulso, el joven espoleó fieramente su caballo, que franqueó la muralla con limpieza, cayendo suavemente sobre las losas del patio interior. Luego de dar una vuelta a la carrera, jinete y caballo se elevaron nuevamente por los aires, cruzando de regreso el parapeto y aterrizando en el exterior, donde corrió más de un kilómetro antes de poder detenerlo.

Sofrenando el animal frente al amo del castillo, dijo entonces Ewan:

—He conquistado la mano de tu hija.

—Así es, y la tendrás, como lo he prometido. Sin embargo, la boda no podrá celebrarse hasta que haya encontrado maridos para mis otras dos hijas, pues es mi deseo que las tres se desposen simultáneamente.

Pero la demora no será mucha, pues dentro de dos días celebraremos una nueva prueba.

Como correspondía a un animal de su casta, el corcel vencedor fue alojado en la mejor caballeriza y atendido a cuerpo de rey, mientras toda la concurrencia se reunía en el salón principal a hacerle los honores a un suculento festín, tras lo cual todos los caballeros sobrevivientes regresaron a sus hogares, no sin antes ser invitados a regresar dos días más tarde, con caballos de refresco, para probar suerte nuevamente.

Y así, al llegar el día señalado, numerosos paladines se dieron cita en el castillo, ansiosos de medir sus fuerzas contra la muralla; ninguno de ellos se encontraba dispuesto a ceder un ápice frente a sus rivales, ni siquiera ante su propio hermano. Y así fueron intentando uno tras otro, pero hasta bien avanzada la mañana no apareció jinete alguno capaz de aproximarse siquiera a la meta fijada. Hasta que, cerca del mediodía, llegó a galope tendido un joven que, luego de franquear la muralla de un solo salto, corrió alrededor del patio del castillo y volvió a saltar fuera del parapeto.

—Bien, señor —dijo, dirigiéndose al dueño del castillo—, reclamo la mano de tu segunda hija.

—Te la has ganado —dijo el padre—. Podrán casarse cuando aparezca un esposo para mi tercera hija.

También el caballo vencedor de ese día fue llevado a la segunda mejor cuadra, hubo otra gran fiesta y el padre invitó a todos a volver dos días después para una nueva prueba, con los caballos descansados.

Y ese día fueron aún más, si cabe, los caballeros que se reunieron en el castillo, con miras a una nueva prueba, a pesar de que en las tentativas anteriores habían muerto muchos caballos y no pocos hombres. Desafortunadamente, en la tercera jornada perecieron todos los que lo intentaron, hasta promediar la tarde, en que un joven jinete logró franquear la muralla y, saltando de regreso dijo al padre:

—Señor, reclamo la mano de tu hija menor.

—Concedido, mañana mismo será la triple ceremonia.

Al día siguiente, las tres hermanas se casaron con los tres paladines vencedores, tras de lo cual se consagraron siete días a festejos, festines y diversiones. Pero al llegar la octava mañana, Ewan, el hijo del pescador de Killarney, dijo a su flamante suegro:

—Temo que mi caballo no está siendo cuidado debidamente.

¿Quieres dar la orden de que lo limpien y atiendan como corresponde, hasta que lo regrese a su dueño?

El amo del castillo tomó cartas en el asunto y ordenó a un joven paje que lavara, cepillara y alimentara el caballo. Pero al dirigirse a la caballeriza, el muchacho observó a una hermosa desconocida que se encontraba del lado de afuera del portal, esperando ser admitida al interior del castillo. Y esta mujer era, nada más ni nada menos, que el hada del mar, la murdwach que había hecho el trato con el pescador de Killarney, el padre de Ewan.

—Ábreme las puertas —indicó la murdwach al paje—. Así podré disfrutar yo también de todas esas sabrosas viandas y bebidas de la mesa.

El muchacho miró a la mujer con más atención, y ya no la vio tan hermosa como antes, sino que, por el contrario, le pareció la bruja más horrorosa que hubieran visto sus ojos.

—Lo lamento mucho, pero no puedo hacer tal cosa, pues si te dejara entrar me echarían inmediatamente. Eres tan fea que asustarías a toda la concurrencia.

—Déjame entrar y te prometo que no le haré daño a nadie.

—No sólo no te dejaré entrar, sino que te echaré los perros si no te marchas de inmediato.

Pero apenas había pronunciado estas palabras cuando un ademán de la bruja lo arrojó al otro lado del patio. El paje se levantó de un salto y llamó a los perros, pero la murdwach, al verlos correr hacia ella, dio un salto y se encaramó al árbol más alto que había fuera del castillo; desde allí se dirigió al muchacho, diciéndole:

—El futuro marido de mi hija está allí adentro, casado con la hija mayor del noble, pero de nada les servirá; ese hombre le pertenece a mi hija, y voy a llevármelo sea como sea.

Al oír las palabras de la horrible mujer, el joven paje volvió a entrar en el salón y llamó al hijo del pescador, quien salió con él al patio del castillo.

—Cuando me dirigía a cuidar tu caballo, vi a la mujer más hermosa que mis ojos habían contemplado jamás, pero al mirar por segunda vez, noté que se trataba de la bruja más horrible que se pueda imaginar. Me pidió que la dejara entrar, a lo que me negué, y le dije que le soltaría los perros si no se iba inmediatamente. Y no sólo no lo hizo, sino que me asestó un golpe de magia que me arrojó al otro lado del patio, y se encaramó a un árbol cuando le eché los perros; desde allí me dijo que tú le pertenecías, y que te llevaría con ella a como diera lugar.

Sólo entonces recordó Ewan que ese día cumplía veintiún años y se dispuso a enfrentarse con la vieja murdwach. Con ese propósito en mente desenvainó su espada y se dirigió hacia la bruja que, tan pronto como lo vio, se bajó del árbol, lo aferró entre sus brazos sarmentosos y se alejó volando, llevándoselo consigo.

Todos los concurrentes a los festejos, que habían salido del salón al oír los gritos, pudieron ver a la horrible mujer llevándose a Ewan, y subieron a sus caballos con ánimo de seguirlos, incluida su esposa, que montó rápidamente el caballo de su maestro de equitación, volando sobre él en pos de la murdwach.

Luego de varias horas de persecución, la desolada esposa vio que la vieja bruja descendía sobre el mar y se hundía en las aguas como una piedra, llevándose a Ewan consigo. Detuvo su caballo y esperó a la orilla del agua, lamentándose desconsoladamente, hasta que vio emerger de las profundidades la cabeza de la murdwach y se dirigió a ella:

—Devuélveme a mi marido; no tienes derecho sobre él.

—No lo haré. La felicidad de mi propia hija me importa más que cualquier otra cosa en el mundo, y ya he pagado demasiado por ese hombre, como para dejarlo escapar ahora.

—Devuélvemelo y te daré lo que me pidas.

—No tengo ninguna necesidad de pedirte nada, pero si estás dispuesta a acompañar a tu esposo al fondo del mar, te permitiré que lo veas.

—Te acompañaré a las profundidades; prefiero estar con él en tu castillo, antes que sin él en la tierra.

Al oírla, la murdwach terminó de emerger y saltó a la playa, llevando con ella a Ewan, tan seco como si acabara de despertarse en su propia cama. La bruja intentó asir también a la mujer de Ewan, pero para ello tuvo que soltar al muchacho, que instantáneamente se transformó en un oso e intentó destrozarla con sus garras, pero la arpía era demasiado rápida y, aferrando a la mujer, se precipitó a las aguas con ella.

Llegó entonces el suegro de Ewan, acompañado de sus otras dos hijas y sus respectivos esposos, y el joven lo puso al tanto de lo sucedido.

—Todo ha sido por tu culpa —lo increpó su suegro—. De alguna forma la has irritado tanto, o le has inferido algún agravio, pues de lo contrario ella no habría tenido esas pretensiones de llevarte consigo y no se habría apoderado de mi hija.

—Me insultas injustamente —replicó Ewan, irritado—. Te demostraré el tipo de persona que soy y, si eres justo, comprenderás que te has excedido en tus injurias.

Después de esto, Ewan se acercó al caballo que su esposa dejara en la playa, montó de un salto y se alejó. Cuando se hubo perdido de la vista de su suegro y sus acompañantes, envió al corcel al castillo de su verdadero dueño, se transformó en halcón, volando sobre el sitio donde la murdwach se sumergiera con su esposa, y se pasó todo ese día y el siguiente sobrevolando el lugar hasta que, al anochecer del segundo día, divisó a cierta distancia una hermosa isla y en el centro de ella un gran castillo. Se dirigió directamente hacia él y se convirtió nuevamente en hombre, tras lo cual fue recibido por una mujer de largo cabello castaño, que se encontraba acompañada por un hombre alto y fornido.

—Recibe nuestra más cálida bienvenida, Ewan, hijo del pescador de Killarney —dijo la mujer, agregando luego—: Ahora ven con nosotros, pues debes alimentarte y beber algo después de una jornada tan agotadora.

—Os agradezco infinitamente por la bienvenida y la hospitalidad — dijo Ewan, después de haber comido y bebido junto a ellos.

—Conozco muy bien los motivos por los que has llegado a esta isla — dijo la mujer—, pero mucho me temo que tus esfuerzos por recobrar a tu mujer resulten infructuosos.

—Si sólo pudiese verla una vez más —arguyó Ewan—, estoy seguro de que podría llevármela conmigo.

—Yo solía ser el rey de esta isla —intervino el hombre—, pero esa vieja bruja me ha quitado mi reino y me retiene aquí contra mi voluntad. Tanto ella como sus tres hijas vienen aquí a menudo y te odian tan profundamente que cuando lleguen querrán matarte.

Efectivamente, las tres murdwacha no tardaron en presentarse, cada una más fea que la anterior, y la mayor se percató enseguida de la presencia de Ewan.

—No eres bienvenido a esta isla —exclamó furiosa—. Mi madre te ha comprado hace mucho tiempo y ha pagado un alto precio por ti. Hizo de tu padre un hombre rico, para que te casaras conmigo, y le has pagado con una traición, pero de nada te valdrá negarte a desposarme.

—¡Pues prefiero que me descuarticen y me echen a los perros, antes de casarme contigo, horrible criatura!

—¡Entonces prepárate a morir, pues estarás hecho pedazos en menos de un minuto! —chilló la bruja, en el paroxismo de la furia.

De inmediato, las tres se lanzaron hacia él esgrimiendo sus largas garras como armas, pero por momentos Ewan lograba mantenerlas a raya, alejándolas a puntapiés, hasta que se le ocurrió la idea de invocar a su amigo oso y, en un abrir y cerrar de ojos, aferró a una de las arpías entre sus garras y la despedazó, repitiendo luego el hecho con las otras dos.

—Has cumplido una gran hazaña —dijo la mujer que lo había recibido al llegar, aunque ni ella ni el hombre habían intervenido en la refriega—.

Pero no te confíes, porque esta victoria no significa nada en comparación con lo que te espera. Ahora ven con nosotros y te mostraré dónde está tu esposa.

—Allí la tienes —intervino el hombre, una vez que la pareja lo hubo guiado hasta la cima de un pequeño otero—. Ese humo que ves allí — continuó la mujer— sale del hogar del castillo submarino de la vieja murdwach. Tan sólo la chimenea puede verse sobre las aguas cuando baja la marea. Si vas allí y logras traer a tu esposa contigo, no te olvides de nosotros.

Dicho esto la mujer se alejó, y Ewan se transformó en halcón y voló sobre el mar, hasta llegar a la chimenea de la vieja bruja. Al posarse sobre ella, invocó al erizo y, convertido en uno de ellos, comenzó a nadar alrededor del punto donde surgía el humo hasta que, transformándose en una esfera, como sólo pueden hacerlo estos animalitos, se deslizó por el cañón del fogón hasta llegar al hogar, frente al cual divisó a una doncella que estaba preparando la cena para la bruja y sus hijas.

Al verlo, la mujer se asustó, pero el erizo, dejándose caer sobre su lomo, se convirtió en el apuesto joven que realmente era, justo a tiempo para ver entrar a su esposa, quien se alegró tanto de ver a su marido, que se desmayó de la emoción.

— ¿Cómo has llegado hasta aquí? —le preguntó al volver en sí—. O, más bien… ¿cómo has hecho para encontrarme? Aunque me temo que tu llegada no cambia en nada las cosas, pues ninguno de los dos saldrá vivo de aquí.

—Pues entonces moriremos juntos, porque prefiero eso a vivir sin tu compañía —exclamó vivamente Ewan—. ¿Qué puedes decirme de la murdwach? —preguntó luego, dirigiéndose a la cocinera.

—No existe hombre alguno capaz de matarla —respondió ésta—.

Tiene unas uñas de siete pulgadas –de largo, más resistentes que el acero, y es capaz de abrir en canal a un toro de un solo zarpazo. Para colmo, es ágil como un gato y rápida como una gacela.

No había terminado de decirlo, cuando la propia bruja entró en la habitación y, si bien las hijas eran horribles, podían considerarse verdaderas bellezas en comparación con la madre.

—Has tenido mala suerte, Ewan, hijo del pescador de Killarney — dijo, dirigiéndose al joven—. Convertí a tu padre en un rico hacendado, y a ti y a tus hermanos en caballeros, pero me han pagado traicionándome; has despedazado a mis hijas, pero yo vengaré sus muertes y te destruiré inmediatamente. Tienes poderes mágicos y manejas algunos hechizos menores, porque de lo contrario no podrías haber hallado mi castillo; y aunque no sé de dónde pudiste sacarlos, te aseguro que no te servirán de nada contra mi magia.

Casi sin terminar de hablar, la murdwach saltó sobre él y trató de destrozarlo con sus garras de acero, pero el muchacho la esquivó ágilmente y la apartó de un puntapié, pero no consiguió herirla seriamente, y la bruja se levantó hecha una furia, arrojándose de nuevo contra él.

Entonces, Ewan comprendió que no le quedaba mucho tiempo de vida si no recurría a la magia de sus amigos, e inmediatamente invocó los poderes del oso y se precipitó contra la anciana, aferrándola en un abrazo mortal, que le fracturó la espina dorsal como si se hubiera tratado de un palillo reseco. Hecho esto, volvió a convertirse en ser humano, y su esposa le echó los brazos al cuello.

—Ahora estamos a salvo, ya que las brujas han muerto —dijo ella cuando Ewan la puso al corriente de lo sucedido en la isla—, pero ¿cómo saldremos de aquí?

—No te preocupes —respondió su marido—, todavía tengo los tres poderes, y ellos serán suficientes para sacarnos de aquí.

Luego se dedicaron a recorrer los distintos aposentos del castillo, apoderándose de grandes pilas de oro, plata y toda clase de objetos preciosos, recogidos por la murdwach en vaya a saberse qué remotos y antiguos naufragios. Más tarde cenaron opíparamente y terminada la cena, Ewan dejó el castillo, con todo su contenido, en manos de la doncella, con la consigna de cuidarlo hasta que ellos volvieran.

Entonces, invocando el poder del halcón, él y su mujer se transformaron en aves y levantaron vuelo, saliendo por la chimenea que ya asomaba por encima de la línea de la marea. Desde allí volaron de regreso hasta la isla y, posándose en tierra, recobraron sus formas humanas, recogiendo los plácemes de la pareja de la isla.

—Veo con alegría que has logrado tu propósito. Traes a tu esposa, signo evidente de que has matado a la murdwach, ya que, de lo contrario, jamás habrían salido con vida del castillo sumergido.

—Así es —respondió Ewan—. La bruja ya no volverá a molestar a nadie. Y respecto a ustedes, ¿no os gustaría vivir en el castillo?

—Preferimos quedarnos aquí —dijo el antiguo monarca—. Esta isla ha sido siempre nuestro hogar, y ahora que la arpía no podrá molestarnos más, viviremos tranquilos aquí.

Al día siguiente, Ewan y su esposa se despidieron de la pareja, no sin antes dejarles suficiente oro y riquezas como para que no tuvieran que volver a preocuparse por su futuro, y marcharon hasta que pudieron ocultarse tras una colina, donde se convirtieron nuevamente en halcones y enfilaron directamente al castillo del padre de la muchacha, donde recobraron su forma humana antes de ser recibidos por el suegro de Ewan.

—Eres un héroe —exclamó con hidalguía el suegro—, y reconozco que te he agraviado injustamente. Ahora te quedarás conmigo y te daré la mitad de mis bienes, y heredarás el resto cuando yo muera.

—No me quedaré —respondió el hijo del pescador—. Volveré a mi país con mi esposa, pues deseo ver a mi padre antes que abandone este mundo. Con respecto a tus bienes, bastará con que le des a mi esposa una parte equivalente a la dote que les has dado a tus otras hijas.

—Así lo haré —dijo el noble—. Yo mismo le llevaré a mi hija los bienes, una vez que se hayan instalado en Killarney.

—Llegaremos allí antes que tú —afirmó Ewan.

Y después de decir esto, él y su esposa bendijeron a su padre y se alejaron de allí. Inmediatamente se convirtieron en halcones y volaron sin detenerse hasta descender cerca de la aldea de Killarney, donde recuperaron su forma definitiva, y se dirigieron a la casa natal de Ewan.

La madre de éste, que se hallaba trabajando en la granja, los vio llegar y corrió a prevenir a su marido, y ambos lloraron de alegría, tanto por el regreso del hijo pródigo como por la noticia de que éste se había casado.

Al día siguiente, el pescador dio una gran recepción, a la cual fue invitado todo el pueblo y, mientras se hallaban festejando, llegó el suegro de Ewan, trayendo suficiente oro como para llenar una barca de pesca (no es que Ewan y su familia lo necesitaran, pues su padre había sido muy cuidadoso con lo recibido de manos de la murdwach); así que la dote, sumada a lo que el joven había sacado del castillo de la bruja, les aseguraba dinero más que suficiente para vivir el resto de sus días.

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