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LOS DESEOS PELIGROSOS

Paddy Dennison, quien había nacido y vivido toda su vida en el poblado de Dough Beg, en la región de Donegal, en el Ulster, era un hombre trabajador, recto y honrado, de carácter jovial y dicharachero, buen amigo y mejor esposo, que sabía mantenerse sobrio la mayor parte del tiempo, especialmente durante el día. No obstante, al carecer de un mísero trozo de tierra de su propiedad y no tener demasiadas luces, excepto su capacidad para el trabajo duro, también era extremadamente pobre, de una pobreza rayana casi en la indigencia.

Claro que la miseria no era algo que preocupara exageradamente a Paddy durante el verano, ni en la época de la cosecha, en que siempre se ponía de manifiesto la solidaridad de los vecinos y, quien más, quien menos, él recibía el apoyo de algún brazo fuerte para ayudarlo a levantar el grano. Pero los inviernos eran otro cantar, y el rigor del frío y la falta de alimento adecuado hacían que se lamentara amargamente de su falta de fortuna. Para colmo de males, Paddy no tenía el más mínimo talento para ahorrar en las épocas de ventura, y cuando tenía algo de dinero en los bolsillos, lo gastaba como si fuera su única misión en la vida. Como consecuencia, al poco tiempo andaba quebrado y pasaba hambre y, lo peor de todo, es que se lo hacía pasar también a su esposa, Joaney.

Por todo aquello, y a pesar de su carácter bonachón y afable cuando se encontraba en la cima del mundo, Paddy era la desesperación de Joaney, que pasaba las de Caín para mantener el hogar, a pesar de los avalares por los que la hacía pasar su marido. Es que Paddy, a pesar de ser un esposo amante y hogareño, cuando se encontraba deprimido se convertía en un sujeto huraño y pesimista, y fueron muchas las noches de invierno en que, cuando él regresaba a casa con las manos vacías, luego de haber buscado trabajo infructuosamente durante todo el día, terminaban por discutir acerbamente.

—Joaney —decía Paddy—, ¿por qué, después del día terrible que he pasado, con el frío calándome los huesos y calambres en el estómago por el hambre, no tenemos siquiera un fuego para calentarme las manos? ¿Cómo es que no hay para cenar nada más que un mendrugo de pan duro, sin siquiera un poco de caldo en que mojarlo, ni un trago de vino para entonarme?

—Paddy —contestaba ella con acritud—, no hay otra cena porque la despensa está más vacía que tu cabeza, y no hay fuego porque ayer he quemado el último trozo de turba que quedaba. Y después de hoy, lo único que tendremos para quemar y comer serán las baldosas del patio.

—¿Y tú supones que todo esto es por mi culpa? —preguntaba Paddy, extrañado, porque aún no terminaba de caberle en la cabeza la idea de que las cosas no se compraban sin dinero. Y así seguían, discutiendo cada vez más agriamente, hasta que llegaba la hora de retirarse a dormir.

Pero un gélido atardecer de enero, en que Paddy regresaba a la casa más deprimido que nunca, escuchó un sonoro repiqueteo, como si alguien estuviera martillando algo, pero lo que más le extrañó fue que el ruido parecía provenir de debajo de un seto de siemprevivas que dividía su patio de la casa vecina.

Intrigado, se acercó al lugar de donde parecía provenir el sonido, caminando tan silencioso como un gato cazando y, apartando con cuidado una frondosa mata, pudo ver debajo de ella a un hombrecillo, que no le llegaría más alto de la rodilla, sentado sobre una piedra, con las piernas cruzadas y martillando una diminuta bota a la cual estaba cambiándole la suela.

A pesar de la pequeñez del duende —porque a Paddy ya no le quedaban dudas de que se trataba de uno de estos seres—, el bochinche que armaba era tal que el hombre pudo llegar junto a él, sin que lo viera, y sujetarlo férreamente por los brazos.

—¡Suéltame! ¡Suéltame! —gritó el leprechaun, asustado—. ¿Qué te hice para que me aprietes de esta forma?

—Todavía nada —admitió Paddy—, pero estoy seguro de que pronto podrás hacer mucho por mí, o no te dejaré ir. Por ejemplo, darme parte del oro que seguramente guardas en esa bolsa mágica que ustedes siempre llevan consigo.

—¡Maldita sea! —exclamó el duende enojado—. Me debo de estar volviendo descuidado, porque esta semana ya es la tercera vez que me atrapan. Y todos pretenden lo mismo: ¡que les entregue mi bolsa mágica! ¡Y lo peor es que no tengo ninguna bolsa, ni mágica ni nada, porque ya me la robaron!

—Está bien; te creo —dijo Paddy—. Pero entonces tendrás que confesarme dónde tienes guardado el oro que has atesorado en toda tu larga vida de rapiña.

—¡Ja! —rió irónicamente el leprechaun—. ¡A ver si vas a creerte que tú eres el único en saber lo de los tesoros de los duendes! Ya me han atrapado tantas veces en mi vida, que no me queda un solo gramo de oro en ninguno de mis escondrijos.

—¿Y qué me dices entonces de concederme algunos deseos? — preguntó Paddy, con los ojos brillantes por la codicia.

—¡Así que también sabes lo de los deseos! —exclamó el duende, ya

enfadado.

—No hay nada respecto de ustedes que yo no sepa —arguyó Paddy, exultante—. Desde que tengo uso de razón, mi madre me estuvo enseñando cosas sobre tu raza. ¿Acaso no has notado que estoy parpadeando con un solo ojo por vez? Eso es porque me ha prevenido

de que no aparte de ti la mirada ni por un instante.

—Está bien, está bien —reconoció finalmente el duende—. Voy a concederte tres deseos, pero te aconsejo que los pienses dos veces antes de decírmelos. Un deseo mal formulado puede convertirse en un arma de doble filo Paddy se puso a pensar profundamente, levantando los ojos al cielo, donde comenzaban a aparecer las primeras estrellas mientras la luna se deslizaba perezosamente entre los blancos corderos de las nubes. Pero aquella concentración le hizo perder de vista el primero de los consejos básicos de su madre para con los duendes, y cuando volvió a bajar la vista, sus manos sostenían férreamente… ¡una de las ramas del cerco de siemprevivas!

Furioso consigo mismo, Paddy Dennison inició un pesaroso regreso al hogar, más helado y hambriento que nunca, rumiando desconsoladamente la idea de que, apenas unos pocos momentos antes, había tenido entre sus manos la perspectiva de una solución inmediata a todos sus problemas. Pensando en ello, se sintió más infeliz que nunca, y al volver a sentarse a la mesa vacía, aquella vez sin siquiera el mendrugo de pan duro del día anterior, repentinamente cayó sobre él la cruel sacudida de la comprensión.

—Esto que llevamos no es vida, mujer —se quejó amargamente—.

¡Como desearía que, en lugar de esta mesa vacía, tuviéramos frente a nosotros un sabroso guiso de cordero y nabos, caliente y abundante, y una gran hogaza de pan para acompañarlo, redonda y blanca como la luna llena!

Apenas había acabado de decirlo, cuando un horrísono trueno restalló en la noche, seguido de un relámpago y una densa humareda, y de la nada apareció un enorme caldero negro, lleno de humeante y perfumado guiso de cordero, y una hogaza de pan tan grande que casi

rompe la mesa con su peso. Joaney lanzó un agudo grito, mientras que su esposo se cayó de su silla, atontado por la sorpresa. Sin embargo, pronto se recuperó al recordar el episodio con el leprechaun y comprender que, pese a que se le había escapado, el duende ya había accedido a complacerlo antes de desaparecer, y ahora no le quedaba más remedio que cumplir su promesa, ya que es de todos sabido que la Gente Menuda es esclava de la palabra empeñada.

Una gran sonrisa reemplazó entonces a su anterior expresión de susto, al comprender que sus problemas habían terminado, y rápidamente contó a su esposa la historia de lo sucedido, pero ésta no se mostró demasiado complacida al escucharla.

—¿Qué es lo que me estás diciendo? —exclamó la mujer—. ¿Que has podido elegir tres deseos y sólo se te ha ocurrido pedir una olla de guiso y una hogaza de pan? ¡No puedo creer que te hayas podido conformar con eso!

Paddy contestó violentamente a sus recriminaciones, e inmediatamente se inició una discusión que amenazaba pasar a mayores, hasta que él, fuera de sí por las quejas de la mujer, pero más que nada por su propia decepción, le gritó a su esposa:

—¡Pues ahora, lo que más desearía en este mundo es que esa hogaza de pan que desprecias se pegara a tu cara, para que cerraras esa inmensa boca que tienes!

No había terminado de pronunciar la última sílaba, cuando retumbó un nuevo trueno, más fuerte que el anterior, surgió otra nube de humo y la enorme hogaza de pan se adhirió con tal fuerza a la cara de Joaney, que ya nada de lo que hicieron pudo retirarla de allí. Y así se esfumó el tercer deseo del bueno de Paddy Dennison, que tuvo que gastarlo para despegar la hogaza de pan del rostro de su mujer.

Y todavía existen, en las frías tierras del Ulster, algunos ancianos memoriosos que aseguran que no fue otro que Paddy el que acuñó ese viejo refrán que dice: “Ten mucho cuidado con lo que deseas, porque a veces tus anhelos más preciados pueden convertirse en tus enemigos más feroces”.

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One Comment

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  1. Posted Marzo 19, 2008 at 1:21 pm | Permalink
    1

    Que razón que tienes JuanPa, en situaciones extremas siempre antes de responder; hay que respirar profundo mientras uno piensa.
    Sino impulsivamente uno pide o piensa cualquier cosa, y la responsabilidad del error es de uno.
    Te deseo Felices Pascuas.
    Un beso mágico,
    Irlanda

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