En aquellos tiempos remotos en que los dragones aún caminaban y
volaban sobre la tierra, existía un pequeño lago, cerca de la aldea
de Thullagan, a orillas de la Donegal Bay, cuyos habitantes llamaban
Loughney na Angû (Laguna de la Serpiente), ya que se encontraba
dominada por un gigantesco reptil volador, cuya presencia aterradora
tenía asustada a toda la población. La fiera asolaba toda la cuenca del
río Erne, desde Kilmeashill hasta Moghurry, y el jefe del clan de esa
zona no sabía cómo librarse del maligno animal. Hasta el aliento del
dragón resultaba mortal y sus profundas inspiraciones eran tan violentas
que podían succionar al interior de su boca un caballo con su jinete que
se encontrara a cinco kilómetros de la laguna.
Desesperado, el rîgos envió emisarios a la corte del Rey de los Cinco
Reinos, regente de Munster, Leinster, Connaught, Meath y Ulster, para
ver si podía enviar a algún gran guerrero que eliminara a aquel demonio
que, si las cosas seguían así, pronto no dejaría viva una sola familia en
la región de Tyr Connhall.
Los emisarios se pusieron en marcha, y no quieran saber las
vicisitudes y las dificultades por las que pasaron hasta que llegaron a la
corte principal. Allí fueron recibidos amablemente por el rey, pero pronto
comprendieron que éste no estaba muy convencido de mandar a nadie a
enfrentar al dragón, pues la hazaña se presentaba tan peligrosa que no
quería arriesgar a ninguno de sus soldados. Sin embargo, entre los
hombres de armas de la antigua Erín nunca faltó el coraje ni el espíritu
de aventura, y la sangre tundente de sus jóvenes guerreros se impuso
finalmente sobre la prudencia, y tres de ellos dieron un paso al frente,
aceptando el reto: O’Loughlinn, O’Bryan y MacNeigh, los cuales, el
primero de ellos especialmente, estaban tan impacientes que todos
clamaban por ser el primero en enfrentar a la bestia.
Sin embargo, y a pesar de todo su entusiasmo, el día anterior a la
salida, O’Loughlinn sintió un fuerte dolor en el pecho, complicado por un
regusto amargo en la boca, y declaró que no se encontraba en
condiciones de afrontar un viaje tan largo y, sobre todo, tan peligroso; y
realmente, el joven se sentía —y se veía— tan mal, que nadie dudó de
su afirmación.
Pero dio la casualidad de que el muchacho tenía un hermano, un
mocetón tan grande como inútil, que en su vida había hecho nada más
complicado que llevar las vacas a pastorear, o segar el forraje para el
ganado de su padre. No obstante, el chico tenía su orgullo, y al ver que
su hermano no podía cumplir con la promesa empeñada, decidió
defender el honor familiar, y se dirigió al rey diciéndole:
E
—Mi señor, mi familia se sentiría deshonrada de por vida si Su
Majestad no me deja partir en lugar de mi hermano, a luchar contra el
dragón.
El monarca miró al joven como si de repente le hubieran brotado
cuernos y una cola, pero la mirada inocente y honesta de éste pareció
tranquilizarlo, por lo que le dijo:
—Está bien, ve con Dios, y que Él te proteja, pues vas a emprender
una travesía muy peligrosa. Después de todo —agregó el rey, David era
más pequeño que tú y mató a Goliat sin otra cosa que una honda y una
piedra.
Y así los tres aventureros iniciaron su camino, cruzando valles ríos y
montañas, hasta que llegaron a Ballintrah, en las laderas de las Upper
Scardans, justo a orillas de la Loughney na Angû. Desde allí otearon la
laguna con sus catalejos y pudieron ver en la lejanía la figura del
dragón, tendido en la orilla, haciendo la digestión después de haberse
comido a un grupo de soldados galeses que tuvieron la osadía de pasar
cerca de su cueva.
—Bueno —dijo entonces Patrick, que así se llamaba el joven
hermano del que no había podido venir—, ahora, si no os parece mal, yo
voy a ser el primero en probar suerte, ya que, si caigo en el intento, no
se habrá de perder gran cosa.
Pero los demás caballeros no le iban en zaga, en valentía ni arrojo,
así que ninguno de ellos dio el brazo a torcer, de modo que tuvieron que
dejarlo librado a la suerte sacando tres palitos que, efectivamente,
señalaron a Patrick como quien debería enfrentar primero al dragón.
—Ya que me ha tocado a mí, ayudadme con los preparativos —dijo
entonces el joven—, pues quiero aprovechar que ese condenado está
dormido y terminar de una vez por todas con él.
Los otros hicieron lo que les pedía, y hacharon varios árboles y con
sus ramas hicieron carbón de leña, con el cual llenaron una gran bolsa
de cuero. A continuación, el joven aventurero se metió en ella sobre el
carbón, armado con un afilado y enorme cuchillo de caza, y los demás lo
taparon luego con más trozos de leña. Antes de cerrar la bolsa, el mozo
se dirigió a sus compañeros diciéndoles:
—Ahora, subid a la cumbre más alta de las Scardans y mirad
atentamente hacia la ribera opuesta de la Loughney na Angû; si dentro
de tres horas veis una nube de humo cerca de la orilla, encended
vosotros también una hoguera, y eso le indicará a todo el reino que el
monstruo ha muerto. Entonces podréis marchar junto a nuestro rey, y
contarle lo que ha sucedido.
Así lo hicieron sus compañeros, y llegaron a la cumbre justo a tiempo
para divisar al dragón que se estiraba y se desperezaba, después de
haberse despertado de su siesta. Pero inmediatamente comenzó a
ventear la brisa que bajaba desde las montañas hasta que, cuando hubo
volteado su espantoso hocico hacia el oeste, comenzó a aspirar y aspirar
de una manera incontenible, haciendo que la bolsa y todo su contenido
volara directamente hacia sus fauces. Entonces el monstruo abrió su
enorme boca y la bolsa que cruzaba el aire como una flecha, le golpeó el
paladar con tanta fuerza que estuvo a punto de derribarlo, pasando
luego por su garganta hasta alojarse en su estómago. Y cuando Patrick
se percató de que ya estaba en el vientre de la fiera, salió de la bolsa y
comenzó a asestar puñaladas a diestra y siniestra, haciendo que el
dragón se retorciera de dolor y se echara a rodar en dirección a la
laguna. Pero el dolor se hacía cada vez más intenso, y en el preciso
instante en que el animal iba a precipitarse al agua dando volteretas,
Patrick terminó de rasgarle el vientre y salió rodando del interior,
cayendo sobre la suave hierba de la ribera.
Sin perder tiempo, el joven encendió una hoguera y, poco después,
un fuego similar comenzó a arder en la cumbre más alta de las
Scardans, al que no tardó en seguirle otra en el Monte Leinster, una
más en las Black Hills y luego otra y otra, hasta que parecía que todas
las colinas de los alrededores estaban en llamas.
Pero el valiente joven, que era muy devoto, además de osado,
decidió mostrar su gratitud al cielo edificando una iglesia, y comenzó a
elevar una plegaria, a fin de que el Santo Patrono le indicara el lugar
adecuado para hacerlo. Luego se echó a dormir para descansar de la
larga jornada y tuvo un sueño que consideró premonitorio. En él vio dos
patos que pasaban volando y los siguió cuando cruzaron el Keeran
Bridge (puente Keeran) y cuando pasaron volando por sobre la colina de
Templeshambo. Al terminar de atravesarlo, las dos aves descendieron
del otro lado, una en cada margen de un arroyo, así que el joven hizo
construir un monasterio en la orilla más alejada y un convento de
monjas en la más cercana.
Son muy pocos (por no decir ninguno) los lagos o lagunas de Erín
que no tengan una leyenda de un dragón o una serpiente gigantesca, la
mayoría de los cuales se cuentan como que han sido destruidas por Finn
McCumhall o por alguno de los antiguos santos cristianos que llegaron a
Irlanda en sus misiones de catequización, como San Jorge, matador del
famoso dragón de dos cabezas.
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Hola Juanpa:
Nada más quería decirte que me fascina tú página; desde pequeña me llaman de sobremanera todos los seres imaginarios y los que no lo son tanto, en especial los alados, como los ángeles y las hadas.
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Espero poder seguir leyendo aún más.
FELICITACIONES!!!
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