GILLA NA BRÂKON AN GOUR

Hace ya muchísimo tiempo, cerca de la antigua fragua y junto a la

margen derecha del río Slaney, en Enniscorthy, Eire, vivía una pobre

viuda, tan pobre que no tenía siquiera ropa para vestir a su hijo, a

quien, para abrigarlo en las crudas noches del invierno irlandés, debía

acostar en el pozo de las cenizas, cerca del hogar, y cubrirlo con los

rescoldos tibios que el fuego iba dejando caer. Pero el niño fue creciendo y cada año

la abnegada madre debió ir agrandando y ahondando un poco más el pozo, para

que su hijo pudiera caber en él.

Finalmente, en una ocasión en que la pobre mujer iba caminando hacia la ciudad

de Callan, en el condado de Kilkenny, a visitar a un pariente, encontró una cabra

muerta, a la cual desolló y cuya piel llevó luego a su casa; con ella le confeccionó un

par de brâkes1 a su hijo quien, por primera vez en su vida, pudo salir a dar un

paseo por el pueblo. Al día siguiente la mujer le dijo:

—Tom, etnïosi2 mío, en tu vida jamás has hecho nada útil todavía, a pesar de tus

dieciocho años y tus dos metros de estatura, así que ahora toma esta cuerda y el

hacha y ve a traerme leña del bosque.

—No tendrás que repetírmelo, madre— respondió el hijo—. Voy inmediatamente.

Pero cuando hubo cortado y atado la leña se le apareció un enorme gigante, de

más de tres metros de alto y, sin decir “agua va”, le lanzó un violento golpe con un

garrote que llevaba en la mano y que, de no haberse apartado Tom a tiempo, lo

habría dejado tendido allí mismo. Luego de esquivar el ataque, el muchacho tomó

una gruesa rama de roble que había cortado él mismo y al primer golpe que le

asestó, dejó al gigante casi inconsciente sobre el suelo.

—Si sabes alguna plegaria —le dijo—, rézala ahora, porque en un segundo te

haré pedazos esa fea cabezota que tienes.

—Nunca supe ninguna oración —contestó el gigante—, pero si me perdonas la

vida te regalaré mi garrote. Así como lo ves, no es una simple porra, sino un

talismán mágico y, mientras vivas libre de pecado, cumplirá todos tus deseos y

nadie podrá vencerte en una pelea.

Encantado, el joven no tuvo inconveniente en perdonarle la vida y, apenas se

hubo marchado el gigante, se sentó a horcajadas sobre la gavilla de leña, le dio un

ligero golpe con el garrote y se dirigió a ella en esta forma:

—Leña, me ha dado mucho trabajo cortarte y empacarte, y casi pierdo la vida

por haber venido a buscarte; así que ahora, lo menos que puedes hacer tú por mí

es llevarme a casa.

Sus palabras surtieron el efecto deseado, porque la gavilla se separó del suelo y

lo llevó a través del bosque como un caballo, crujiendo y restallando mientras lo

hacía, hasta llegar a la puerta de su casa.

A los pocos días, una vez que toda la leña se hubo consumido, Tom fue al

bosque por más, y esta vez debió luchar con otro gigante, éste de dos cabezas y

una enorme joroba entre ellas. Pero el nuevo adversario tampoco fue un problema

grave; solamente le dio un poco más de trabajo vencerlo; luego, a cambio de su

perdón, el ogro le entregó un pífano igualmente mágico, cuyo sonido hacía que todo

el que lo escuchara no pudiera dejar de bailar hasta que cesaba la música. De

nuevo Tom regresó cómodamente sentado sobre el haz de leña, que esta vez

recorrió todo el camino hasta su casa bailando al compás de las melodías del pífano.

El siguiente rival fue un gigante de tres cabezas, todas ellas de rasgos bellos y

delicados, que, como tampoco sabía ninguna plegaria, le dio a Tom una redoma con

un ungüento verde que curaba todo tipo de heridas, escaldaduras y llagas,

restaurando la piel como si nada hubiera sucedido.

—Te agradará saber que ya no quedan más seres como yo y los otros que has

vencido antes, así que de ahora en adelante podrás venir al bosque a cortar leña

todas las veces que quieras, sin que te moleste gigante ni trasgo alguno.

Al oír estas palabras, Tom se sintió más orgulloso que diez pavos reales juntos y

pronto se acostumbró a salir todas las tardes a pavonearse por las calles del

pueblo; sin embargo, los chiquillos de Enniscorthy, que no tenían modales

demasiado educados, se burlaban de él, por su porra y sus brâkes de piel de cabra,

y lo seguían por la calle, zahiriéndolo con pullas y bromas descaradas. A Tom las

mofas no le gustaban, pero se sentía mal con la idea de darles una tunda, así que

se aguantaba como podía y no respondía a las burlas.

Así continuaron las cosas hasta que un día, mientras Tom daba su paseo

acostumbrado, desde el otro extremo de la calle apareció un pregonero llevando

una gran trompeta y vestido con un pantalón de pana, una camisa con pintas y un

gorro de montero en la cabeza. Al llegar al centro de la plaza, el hombre hizo sonar

su instrumento y luego proclamó que la hija del rey de Dublín se sentía tan triste y

melancólica, que en siete años no había reído ni una sola vez, y que su padre

estaba dispuesto a concederle su mano a quien pudiera hacerla reír tres veces

seguidas.

—Esto es justo lo que necesitaba —pensó Tom y, sin gastar más luz del sol de su

pueblo, besó a su madre, agitó el garrote amenazando a los pilluelos y partió por la

amarillenta carretera rumbo a Dublín.

Luego de caminar varios días, llegó a una de las entradas de la ciudad pero,

cuando trató de entrar, los guardias se rieron de él y no lo dejaron pasar. Los

soldados siguieron burlándose de él durante un buen rato y Tom lo soportó cuanto

pudo, pero cuando uno de ellos le clavó el astil de su lanza —nada más que por

juego, según dijo— en el costado, Tom simplemente lo tomó con una mano por la

nuca y con la otra por los fundillos de los pantalones del uniforme y lo arrojó al foso

con agua que rodeaba la muralla. Rápidamente llegaron los refuerzos de la guardia,

algunos para ayudar a su compañero a salir del foso, y otros para enseñarle, con

sus espadas y lanzas, mejores modales a ese plebeyo; pero un solo molinete del

garrote de Tom dio con ellos por tierra o en el foso, y no tardaron en pedir

clemencia.

Ya más tranquilo, el joven preguntó a uno de ellos el camino hacia el palacio y

cuando, a regañadientes, el guardia se lo informó, hacia allá se dirigió Tom, a quien

recibieron el rey, la reina y la princesa, que se encontraban sentados en un palco

del salón principal, observando toda clase de luchas y demostraciones de destreza

con espadas y rinka-fhadas, una especie de lanza larga muy del gusto de aquellas

gentes. También se veía una gran variedad de disfraces, representaciones teatrales,

malabares y tragafuegos, todos ellos empeñados en hacer reír a la princesa, pero ni

una mísera sonrisa iluminó su bello rostro ni por un fugaz momento.

Al entrar Tom en el salón, todas las actuaciones se detuvieron inmediatamente,

mientras los actores y luchadores contemplaban al joven enorme con rostro de niño,

larga cabellera negra y su barba rizada, ya que su pobre madre no podía permitirse

el lujo de comprarle navajas. Sus robustos y fuertes brazos y sus piernas desnudas

que asomaban por debajo de la piel de cabra —su única vestimenta, que le llegaba

desde la cintura hasta las rodillas— llamaron poderosamente la atención, hasta que

un patán ártabro3 vestido con uniforme de la guardia real, pelirrojo, arrugado y

además envidioso porque deseaba casarse con la princesa, se dirigió hacia él y le

preguntó acremente qué deseaba.

—Lo único que deseo —le contestó Tom— es hacer reír tres veces a esta bella

princesa, que Dios guarde durante largos años.

—¿Ves a todos estos jóvenes y diestros espadachines, y a estos alegres y

dicharacheros juglares? —replicó burlón su interlocutor—. Cada uno de ellos tiene

en su dedo meñique más habilidades que tú en todo tu corpachón, y serían capaces

de comerte como a un grano de sal y, sin embargo, ni uno solo de ellos logró sacar

una sonrisa de su boca en estos siete años.

Al escuchar esto, todos aquellos individuos se reunieron alrededor de Tom y el

ártabro lo siguió molestando hasta que el hijo de la viuda declaró que todos ellos le

importaban un bledo y que los retaba a que lucharan contra él, de a seis por turno,

a ver si podían vencerlo. Pero el rey, que se encontraba demasiado lejos para oír la

conversación, la interrumpió para preguntar qué sucedía y qué quería el allomroxs

(forastero).

—Pretende amedrentar a tus mejores hombres —contestó el pelirrojo.

—¡Ah, bueno! —contestó el rey—. Si solamente es eso, que alguno de ellos lo

enfrente y ponga a prueba su valor y su habilidad.

Inmediatamente, un caballero de armadura se adelantó desde el grupo de

guerreros y, desenvainando su espada, amagó una estocada hacia el pecho del

joven. Pero éste, golpeando su codo con el garrote mágico, envió la espada volando

hacia el techo del salón y asestó un segundo golpe en el casco, que

instantáneamente dejó sin sentido al caballero. Un segundo hombre ocupó su lugar,

y luego otro y otro, y finalmente grupos de a media docena; pero en todos los

encuentros el garrote del hijo de la viuda hizo volar cascos, espadas, escudos y

cuerpos, dejando a los soldados gritando que estaban heridos o muertos, y pidiendo

auxilio y clemencia, mientras se frotaban los codos, rodillas y caderas sin pudor

alguno.

Teniendo en cuenta su situación en el palacio, Tom se aseguró de no matar ni

herir seriamente a ninguno de sus oponentes, pero la princesa se divirtió tanto con

su actuación que dejó escapar una dulce y cristalina carcajada que resonó por todo

el salón, haciendo que Tom se dirigiera al rey:

—Rey de Dublín, tengo un tercio de tu hija. —Y el rey no supo si estaba

satisfecho o consternado, cuando vio que toda la sangre del corazón de la princesa

afloraba a sus mejillas.

Ante la paliza que Gilla na brâkon an gour4 —corno ya habían comenzado a

llamarlo todos— había propinado a la mayoría de los caballeros, los combates se

suspendieron por aquel día, y Tom fue invitado a cenar a la mesa de la familia real.

Al día siguiente, por la mañana, el pelirrojo le comentó a Tom acerca de un feroz

lobo blanco, del tamaño de una ternera de un año, que se había habituado a entrar

en la ciudad y se comía tanto al ganado como a las personas, y le insinuó que el rey

se sentiría sumamente agradecido y recompensaría generosamente a quien lo

matara.

—Lo haré con muchísimo gusto —respondió el joven—. Envía a un mozo para

que me muestre la guarida del animal, y veremos cómo se porta con un allomroxs.

Al verlo, la princesa no se sintió muy complacida, pues aquel hombre que la

hiciera reír había cambiado sus calzas de cabra por un vestido de brocado y un

gorro verde sobre el rizado cabello negro. Pero el rey había dado su aprobación, y

una hora después, el enorme lobo se encontraba paseando por el salón principal de

palacio, con Tom caminando dos pasos detrás, agitando su porra, como un pastor

que guía a su cordero consentido con su cayado.

El rey y su familia se encontraban seguros en su palco, pero los caballeros y

cortesanos que se habían agolpado alrededor del salón, al ver aparecer al

gigantesco animal, estallaron en alaridos de terror y se abalanzaron hacia las

puertas, mientras el lobo los miraba relamiéndose, como pensando: “¡Cómo me

gustaría almorzármelos!”.

Pero el rey, viendo en peligro a sus hombres, gritó desde su palco:

—¡Eh, Gilla na brâkon an gour! ¡Aleja de aquí a ese terrible lobo, y tendrás la

mano de mi hija!

Pero el joven no lo obedeció en absoluto. Sacó del bolsillo su pífano mágico y

comenzó a tocar un ritmo agitado y pegadizo; inmediatamente todos los hombres y

mujeres del salón comenzaron a mover los pies siguiendo el compás, y el propio

lobo se paró sobre sus patas traseras, para bailar el “Tatther Jack Walsh”5 junto con

los humanos. Muchos de éstos huyeron del salón y cerraron las puertas, temerosos

de que la peluda bestia los atacara, pero los demás seguían bailando y gritando al

son del pífano de Tom, que no cesaba de tocar, y también el lobo bailaba y aullaba,

por el dolor que le provocaban sus patas, mirando con un ojo al pelirrojo y con el

otro a Tom, para ver si éste le daba permiso para comérselo. Pero el joven negaba

con la cabeza y seguía tocando, haciendo que tanto el ártabro como el lobo

continuaran bailando y desgañitándose, ambos ansiosos de abandonar su postura

debido al agotamiento que sentían.

Pasado cierto tiempo, la princesa, viendo desde el palco que nadie corría peligro

de ser herido, se sintió tan divertida por la ridícula situación de los cortesanos que

dejó escapar una gran carcajada, ante lo que Tom exclamó:

—¡Rey de Dublín! ¡Ya tengo dos tercios de tu hija!

—¡Está bien! — gritó el rey—. ¡Pero aleja a ese animal infernal y entonces

hablaremos!

Divertido, Gilla guardó su flauta en el bolsillo que llevaba en bandolera, y se

dirigió al animal, que había caído sobre sus cuatro patas, pero se encontraba a

punto de desmayarse por el agotamiento.

—Vete a tu montaña, mi buen amigo, y reanuda tu vida como animal libre; pero

si algún día vuelvo a encontrarte a menos de diez millas de cualquier ciudad…

El joven no completó la frase, pero agitó su garrote en dirección al pobre lobo,

que metió la cola entre las patas y salió huyendo despavorido, sin que, de allí en

más, ningún ser humano, ni la luna, ni el sol, ni las estrellas volvieran a verlo por

Dublín.

Más tarde, ya repuestos del susto y del agotamiento, todos rieron, menos el

hipócrita del pelirrojo quien, sin duda, ya planeaba la forma de ajustarle las cuentas

a Tom el día siguiente.

—Creo que eres afortunado, ¡oh mi señor y rey! Las incursiones de los vikingos

por el norte os molestan constantemente, pero si alguien puede ayudarnos a

echarlos definitivamente de nuestra amada Eire es este caballero de la piel de

cabra. En alguna viga del infierno está colgado un mayal6 mágico con el que ningún

danés ni el mismo demonio podrían enfrentarse.

—¿Me darás el último tercio de la princesa si te traigo el mayal? —preguntó el

hijo de la viuda.

—¡No, no! —saltó la princesa—. Prefiero perderte como esposo a verte en tal

peligro.

Pero el pelirrojo no estaba dispuesto a abandonar su presa y musitó al oído de

Tom que sería una ruindad echarse atrás por cobardía, así que el joven pidió que le

mostraran el camino y el ártabro le indicó una vecindad, donde se reunían muchas

mujeres de vida fácil y había muchas tabernas clandestinas, en la cual Tom se

internó sin dudar, sosteniendo su garrote.

Después de mucho viajar, el joven divisó lo que, sin duda, eran las murallas del

infierno, y antes de golpear a la puerta se frotó íntegramente con el ungüento verde

del tercer gigante vencido por él. Luego golpeó y, en respuesta a su llamado,

aparecieron un centenar de diablillos que lo espiaron por entre los barrotes,

preguntándole qué quería.

—Quiero hablar con el Diablo Mayor —respondió Tom—. Abrid la puerta.

Rápidamente, los pequeños demonios abrieron la pesada puerta y Satanás en

persona recibió al muchacho con reverencias y zalemas, preguntándole luego qué

deseaba.

—No mucho —contestó Gilla—. Sólo vine a que me prestaras ese mayal que veo

colgado de esa viga, para que el rey de Dublín pueda darle una buena paliza a los

daneses que acosan sus fronteras.

—La verdad es que los daneses son mucho mejores clientes para mí que los

iwerionikâ7 —dijo Satanás—, pero ya que has recorrido un camino tan largo, no

puedo negártelo. Alcánzale ese mayal —agregó, dirigiéndose a un joven demonio,

pero guiñándole al mismo tiempo un ojo, de forma que Tom no lo viera.

De modo que, mientras sus compañeros estaban cerrando y atrancando las

puertas, el diablillo trepaba en busca del instrumento; de más está decir que el muy

taimado ya se estaba relamiendo de placer al imaginarse cómo quemaría el mayal

las manos de Tom, ya que sabía perfectamente que tanto la empuñadura como la

esfera eran de hierro y se encontraban al rojo vivo. Sin embargo, nada de eso

sucedió, y el joven tomó el arma y la empuñó como si fuera una rama de roble, sin

muestras de sentir siquiera el calor del metal.

—Muchas gracias —dijo Tom como si nada—. Ahora, si me abrís las puertas,

podré irme tranquilamente a mi país.

—¡Caramba! —exclamó Satán—. Pues eso es más fácil decirlo que hacerlo, ya

que salir de aquí es mucho más difícil que entrar. ¡Quitadle ese mayal y dadle unas

buenas dosis de aceite hirviendo! —ordenó el demonio.

Uno de los esbirros, ansioso de complacer a su amo, estiró una de sus garras

para tomar el instrumento, pero Tom le dio tal golpe con él en un costado del

cráneo, que le rompió uno de los cuernos y le hizo soltar un bramido de dolor.

Al ver esto, toda la horda demoníaca se precipitó sobre él, pero el joven

comenzó a propinarle una tunda tan fenomenal, que pronto estuvieron todos por el

suelo, lamentándose de sus golpes y magulladuras. Finalmente, el viejo Lucifer, que

aún se encontraba sentado en su trono, intervino y dijo:

—¡Dejad salir de aquí a ese imbécil! ¡Y pobre del que vuelva a dejarlo entrar, por

las razones que fueren! De manera que Gilla abandonó el Averno sin prestar

atención a la gritería y los anatemas que le proferían todos sus demonios; y cuando

hubo regresado al gran salón del palacio de Dublín, todo el mundo se reunió para

verlo entrar con el mayal. Y cuando hubo narrado en detalle su aventura, como se

usaba en aquellas épocas, depositó el instrumento sobre los escalones de piedra de

acceso al salón, pero avisó que nadie lo tocara, porque le iba la vida en ello.

Si el rey, la reina y, especialmente, la princesa lo tenían en gran estima antes de

haber salido en busca del mayal, ahora su opinión se había decuplicado, pero el

pelirrojo no quiso dar su brazo a torcer y se arrimó subrepticiamente, tratando de

apoderarse del arma demoníaca para golpear con ella a Tom. Pero apenas llegó a

rozarlo con las puntas de sus dedos, lanzó un alarido que hizo temblar las paredes,

y comenzó a saltar y gritar de tal modo que hubiera despertado a un muerto.

Al verlo, Gilla se precipitó sobre él, le tomó las manos con las suyas,

impregnadas del ungüento, y las frotó hasta que el lacerante dolor desapareció

rápidamente, pero entre la sorpresa de la quemadura, y el alivio que sentía, su

rostro tomó expresión tan cómica que todos estallaron en carcajadas, y lo mismo

hizo la princesa, que tampoco pudo contener la risa. Y entonces Tom (ya por

entonces definitivamente Gilla na brâkon an gour) se acercó a la princesa,

diciéndole:

—Ahora, señora, quiero creer que si vos tuvierais cuatro tercios, también me

daríais el cuarto.

La princesa dio muestras de ningún fingido recato; miró a su padre, se acercó al

joven, le tomó las manos entre las suyas y… bueno, sería muy indiscreto de mi

parte relatar lo que sucedió a continuación, ¡pero puedo decirles que no sé lo que

hubiera dado por estar en los zapatos de Gilla aquella tarde!

Previendo lo que iba a suceder, Tom no llevó el mayal al interior del palacio.

Después de lo ocurrido con el pelirrojo, nadie se acercó al arma para nada. Y

cuando pasaron los primeros madrugadores, a la mañana siguiente, pudieron ver

dos largas grietas en los escalones de piedra, por donde el mayal se había abierto

camino hacia abajo, quemando hasta la roca misma y desapareciendo hacia…

bueno, creo que nadie podría decir hacia dónde. Sin embargo, algo más tarde,

después del mediodía, llegó un heraldo desde el norte, pregonando que los daneses

se habían aterrorizado tanto al enterarse de la llegada del mayal a Dublín, que se

habían embarcado de vuelta en sus naves, zarpando a toda vela hacia su patria.

Por mi parte, me imagino, aunque nadie me lo ha contado, que antes de casarse

Gilla na brâkon an gour ha de haber encontrado a un hombre, como Pat Mará de

Tomenine, que le enseñara los principios de urbanidad, los quebrados y decimales,

los cálculos de artillería y fortificaciones y la regla de tres simple, para poder

sostener una conversación coherente con la familia real. No sé a ciencia cierta si

habrá perdido el tiempo con estas ciencias, pero lo que sí es seguro es que su

madre no volvió a pasar penurias económicas hasta el fin de sus días.

 

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