Cuando estábamos a punto de llegar a Nunca Jamás, encontramos a Miswyl.
Una preciosa hada que reposaba sobre una roca en las cálidas costas radiantes de brillantes colores.

Nos acercamos y presentamos, pero ella ya nos conocía.
Le contamos brevemente por lo que habíamos pasado en estos seis días de viaje. Y las expresiones en su rostro nos hizo dar cuenta que fueron grandes aventuras.
Después le tocó el turno a ella de contarnos sobre ella, y…
Había una vez, hace ya muchísimo tiempo, una joven y hermosa doncella
que vivía en un castillo, a orillas del Lough Feaagh, de la cual se dice
que era la prometida del príncipe de Inchagoill, con el cual iba a
desposarse el día de la fiesta de Samhain.1 Pero, repentinamente, el
príncipe fue asesinado y arrojado al lago y, desde luego, ya no pudo
cumplir con el compromiso de casamiento que hiciera a la bella Aidù, que así se
llamaba la bella joven.
A causa de esta decepción, y por ser frágil y tierna de corazón, Aidù enloqueció,
y pasaba el día entero llorando a su prometido, hasta que un día, sin que nadie
supiera cómo, desapareció, y los aldeanos atribuyeron esa desaparición a que las
ninfas de Lough Feaagh se la habían llevado a su reino subacuático, para que se
reuniera con su amado.
Sin embargo, poco tiempo después, en un arroyo próximo, cuyas aguas
desembocaban en ese lago, la gente comenzó a comentar la presencia de una
trucha completamente blanca, como jamás había visto nadie por aquella región. Y
así, año tras año, la trucha permaneció en el lago y los arroyos y ríos que
desaguaban en él, hasta que ni el más viejo de los moradores pudo recordar cuándo
había aparecido por primera vez.
Con el tiempo, la gente comenzó a pensar que aquella trucha debía de ser la
doncella, y que las ninfas la habían transformado en pez para que aguardara el
regreso del príncipe del reino del más allá, y así reunirse definitivamente con él en
las profundidades del lago. Y por ello, nadie le causó jamás daño alguno a la
pequeña trucha, hasta que llegaron a Inchagoill tres perversos mercenarios sajones,
quienes se rieron de los habitantes del pueblo, y se burlaron de ellos por creer en la
existencia de la “gente pequeña”, y por pensar que ellos podían haber convertido en
pez a una persona. Luego, uno de ellos, envalentonado por la bebida, juró y perjuró
que pescaría a la trucha y se la comería en la cena.
Y por cierto que logró apoderarse de la trucha con una red; luego la llevó a su
campamento, avivó el fuego, sobre el que puso la sartén y, cuando estuvo caliente,
echó en ella al pobre pez, que aún estaba vivo.
Al caer en el aceite hirviendo, la trucha chilló como un cristiano y el maldito,
aunque se sorprendió un poco, rió a más no poder. Y cuando calculó que ya estaba
cocida de un lado, la dio vuelta para freiría del otro.
Y aquí llegó su primera sorpresa, porque, a pesar de haber estado un buen rato
en el aceite, el costado de la trucha no mostraba signo alguno de haber pasado por
el fuego. Intrigado, el mercenario pensó: “Seguramente ha pasado tanto tiempo en
las frías aguas del lago, que necesita más cocción; de cualquier manera, voy a darla
vuelta, y veremos qué pasa”, sin imaginarse siquiera que sus verdaderos
sobresaltos aún estaban por comenzar.
Cuando creyó que el segundo costado ya estaba frito, volvió a dar vuelta la
trucha y hete aquí que tampoco había rastros de quemadura. “Esto ya me está
resultando pesado, pero volveré a probar.” Y así lo hizo, y no una sino varias veces,
pero aquélla parecía no inmutarse por la acción del fuego, así que el villano decidió:
“Puede ser que se haya cocido y no lo parezca; veamos”. Y, tomando su cuchillo de
caza, trató de cortar un pedazo de la trucha para probarlo. Pero tan pronto como la
hoja hizo la primera incisión, se oyó un alarido espantoso y el pescado, que no sólo
no estaba frito, sino que ni siquiera estaba muerto, saltó de la sartén al suelo, y en
su lugar apareció una joven doncella, tan hermosa como el cretino no había visto
jamás, vestida de blanco y con una diadema de oro sobre su frente, pero con los
ojos fulgurantes por el dolor y la furia de un basilisco en su interior. Sobre su brazo
podía verse el corte del cuchillo, y un reguero de sangre corría por su costado.
—¡Mira lo que has hecho, maldito! —lo increpó la dama, mostrándole el brazo—.
¿No podías dejarme tranquila, cómoda y fresca, en mi lago y en mis ríos, y no
molestarme mientras espero a mi prometido?
El mercenario se estremeció como un perro mojado, balbuceando torpemente
que no lo matara, e imploró abyectamente el perdón de la dama, diciéndole que no
tenía ni la menor idea de que ella estaba cumpliendo una misión, porque en ese
caso, ningún buen soldado como él hubiera interferido con ella.
—¡Pues esa misión es tremendamente
importante para mí! —afirmó ella—, y si
mi prometido llega mientras estoy
ausente, y no puedo recuperarlo, te
convertiré en un alevino de sapo, y me
pasaré la eternidad persiguiéndote para
comerte, mientras crezca la hierba o el
agua corra por los arroyos.
El villano temblaba como una hoja,
aterrado por verse convertido en un sapo,
y suplicó piedad, pero la doncella le dijo:
—Renuncia a tus malas costumbres,
maldito, o te arrepentirás cuando yo me
encargue de ti; compórtate con corrección
en el futuro y asiste con regularidad a los
servicios religiosos. Y ahora, ¡devuélveme
al río, donde me atrapaste, o te convertiré en sapo en este mismo instante!
—Pero, milady —clamó el mercenario, aterrado—, .cómo podría arrojar al río a
una dama tan hermosa como tú? ¡Morirías ahogada! —Pero antes de que pudiera
agregar una sola palabra, la joven se desvaneció y en el suelo apareció nuevamente
la trucha blanca.
Aún aterrado por lo que había visto, el soldado tomó a la pequeña trucha y la
llevó rápidamente al río, temiendo que si el prometido de la doncella llegaba en
ausencia de ésta, su propia vida se vería en peligro. Pero, tan pronto como el pez
tocó la superficie, las aguas se tiñeron de un rojo de sangre, hasta que la corriente
lo fue diluyendo lentamente. Hasta hoy, en el costado de la trucha blanca2 (especie
muy frecuente en los ríos de Irlanda —señal de un feliz encuentro entre Aidù y su
prometido—), puede verse una mancha roja, que marca el sitio donde el mercenario
intentara cortarla.
Lo cierto es que, a partir de ese día, el malvado mercenario cambió por completo
sus costumbre; comenzó a asistir puntualmente a los servicios religiosos y ayunó
los días de Cuaresma y para Pentecostés; pero jamás comió pescado durante esos
días ni ningún otro día de su vida, porque el pescado nunca permanecía mucho
tiempo en su estómago (si es que entienden lo que quiero decir).
Sea como fuere, el villano se convirtió en otro hombre, y no faltó quien dijera
que, ya pasado algún tiempo, abandonó el ejército y se hizo misionero, y solía
recorrer Irlanda atendiendo a los enfermos y rezando eternamente por el alma de la
trucha blanca.
Después de eso, Campanilla y yo supimos que ella era la protagonista. Que esa trucha blanca había sido ella.
Pero no quisimos entrometernos, no le preguntamos. Porque la vimos sola y quizás algo le haya pasado a su esposo. No era nuestra intención molestar.
Partimos hacia Nunca Jamás, y… Finalmente llegamos!
¡Qué bueno es volver a casa!
pero…
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