Aún no has convocado a las hadas? Qué esperas para hacerlo!!?
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May 06 2008

El Pianista - Capítulo Final

El pianista no había raptado ni llevado a nadie por la fuerza a la sala de conciertos que había mandado a construir. Utilizó sólo el poder de la convicción. Aunque tenía algunos trucos. En primer lugar, esa muchacha de cabello castaño parecía ingenua, el hombre escogía a su presa. Y en segundo término, sabía cómo hablar a una persona, aún sin mentir a nadie; una joven como era Lyla (no tardó en conocer su nombre) no se resistiría a ir a una sala de conciertos para escuchar un fabuloso concierto para piano, excepcionalmente con cuatro movimientos.

El anfiteatro estaba completamente a oscuras. Sólo una vela iluminaba el caminar de las dos personas. La cúpula era imponente, enorme, y tenía una acústica casi perfecta. La forma en que habían sido tallados los bloques de granito absorbía todo el sonido, evitando así demasiados ecos, mientras que las paredes hacían rebotar las ondas sonoras, llevándolas hasta el techo produciendo de ese modo una leve sensación de resonancia, pero que no resultaba excesiva. El escenario era inmenso. En él sólo había un piano de cola.

El hombre invitó a la mujer a sentarse en un banco en frente del piano. Él se preparó para tocar. Desde que pulsó la primera nota, la joven cambió su feliz semblante por uno un poco más preocupado. La introducción no le caía muy bien; primer objetivo cumplido pensó el hombre. Esa sensación continuó mientras duró el premovimiento. Hasta las llamas de las cinco velas que los rodeaban parecían haber decaído en calor y luminosidad. Pero con el primer movimiento todo cambió.

Esta parte comenzaba con unos acordes que estallaban en medio de un mar de silencio introducido por el premovimiento. Y junto con esta primera armonía explotaron también las velas: cientos de llamas flotaban por todo el lugar, iluminando aún más. La escena era imponente. El humo que se elevaba cambiaba en formas increíbles, maravillosas, y los ojos pardos de Lyla se perdían en estas figuras. Sus cabellos flameaban lentamente como los de una sirena debajo del agua. Las primeras lágrimas comenzaban a caer de debajo de sus párpados. Segundo objetivo cumplido.

El primer entremovimiento no tuvo efectos impresionantes, mas sí el segundo movimiento. Las llamas comenzaron una danza increíblemente acorde con la música, finalizando en lentos y tristes remolinos que rodeaban a las dos personas. Lyla dejó de llorar, sus ojos desorbitados expresaban una locura impresionante. Tercer objetivo logrado, esta vez el hombre no se resistió y lo dijo en voz alta.

Un segundo entremovimiento agregó una cuota de tristeza absoluta a la obra. Y el tercer movimiento cambiaba completamente. Este cambio de emociones tan repentino pretendía shockear a la víctima. Lentamente, pareciendo de forma tímida, Lyla comenzó a levitar. Y bailaba con las pequeñas llamas y las chocaba moviendo los brazos y las piernas delicadamente; estaba quemándose viva, por partes. Y entonces, sin cambiar de movimiento, la tensión llegó, y el baile se hizo más alocado y delirante; las llagas producidas por el fuego eran cada vez más grandes en el cuerpo de la mujer.

Apenas finalizado el segundo movimiento, la muchacha descendió suavemente y quedó tendida en el suelo, con los ojos clavados en la cúpula. Y ahora, la agonía. El último entremovimiento era inmensamente triste, aunque tenía algunos rasgos de grandeza absoluta, robados del primer movimiento. Cuando sonaron las primeras notas de este segmento del concierto, la sangre comenzó a fluir de los ojos, la nariz, la boca y los oídos de Lyla. El líquido rojo, tibio, cubrió la totalidad del escenario. El remolino de partículas incandescentes comenzó a estrecharse, hasta terminar a pocos centímetros del pianista y del instrumento mismo.

Un cuarto movimiento, impropio para cualquier concierto, comenzó a sonar. Ahora la magia actuaría sobre el hombre, quien tocaría hasta que le sangren los dedos, y desangrado moriría…

 

J. C. Mariotti

Abr 26 2008

El Pianista - Segunda Parte

Lyla Salamander era una joven botánica apasionada por sus estudios. Corría el año 1869, y las mujeres estaban ganando lentamente un mejor lugar en la sociedad, de modo que sus padres, unos adinerados poseedores de miles de hectáreas de tierras inglesas, decidieron enviarla a la universidad. No obstante, la hermosa joven estaba en casa de vuelta, pues celebraría navidades en su casa. ¡Tan lindo era el recuerdo de las últimas fiestas en casa! Se recordaba sentada con sus padres en la mesa, el largo cabello castaño suelto tras sus hombros y sus ojos pardos brillando de emoción, comiendo la deliciosa cena de Mathilda, la cocinera de la familia.

El día de navidad, luego de abrir los regalos y tomar chocolate caliente, Lyla salió a Londres, sola, para comprar unos libros que quería para estudiar. Una carreta, dispuesta por su padre, la había llevado hasta un punto particular de la ciudad, y la esperaría en el mismo lugar a las seis y media.

El chofer lamentaba ser quien informara al señor Salamander que su hija había desaparecido…

Abr 20 2008

El Pianista - Primera Parte

Su invento estaba terminado, su único invento, pues él sólo era músico. En los últimos años había intentado combinar magia y música, sus dos principales pasiones. Y por fin lo logró. Había comenzado investigando diferentes materiales para construir un instrumento musical, sus distintas propiedades sonoras y las diversas reacciones producidas al combinarlos unos con otros. Construyó, entonces, un piano maestro.

El instrumento fue hecho de ébano, con finos trazados de paralelas líneas de madera de chopo. Esto hacía que todo sonara perfecto: el ébano otorgaba un sonido cálido y brillante a la vez, y el chopo lo absorbía, lo cual evitaba que el aire se saturara de notas, no permitiendo así armónicos leves pero indeseables. La tapa debía estar siempre abierta para no dar lugar a notas apagadas o retumbando dentro de la caja de resonancia. El fieltro de los martillos estaba hecho con lana de conejo y llama y unas pocas y delgadas fibras de hilo de oro, aunque éstas eran casi imperceptibles.

El “arpa” era impresionante. En lugar de tres cuerdas por cada nota, había cuatro, aún en las más graves, aumentando su sonoridad. Pero no todas las cuerdas eran iguales. Dos (las del centro) eran de un hilo de oro rodeadas por otro de una aleación de aluminio y estaño; mientras que las otras de los costados eran de los mismos materiales pero de forma inversa. Los pedales eran cuatro: el pedal izquierdo, la sordina, el pedal tonal y el de resonancia, con pequeñas modificaciones. El pedal izquierdo funcionaba como el de cualquier piano de cola, sólo que en lugar de dejar de lado una cuerda, dejaba dos. La sordina utilizaba un lienzo especialmente preparado: la trama era una secuencia infinitamente repetida de lino, algodón y oro, todo esto espolvoreado con fino y suave polvo de ámbar báltico. Los dos pedales restantes no tenían diferencias en absoluto.

Pero había una última dificultad: ya tenía el piano, ahora necesitaba un conjuro, una música perfecta que tuviera el mismo efecto mágico que las palabras. Y si bien era famoso por sus increíbles composiciones (era el mejor pianista de toda Europa), había ciertas reglas que estaba obligado a respetar ahora: debía componer en un piano común y corriente en lugar de hacerlo en el instrumento maestro, los compases debían ser compuestos y de dos tiempos, y las hojas y la tinta utilizadas tenían que ser azules.

En primer término, el papel usado sería de una mezcla de celulosa de eucalipto, pino y fibras de seda, con un poco de sulfato de cobre, para darle la tonalidad azul apenas perceptible que requería. La tinta era de carbón y el mismo pigmento que el papel utilizaba. La pluma con que escribiría tenía que ser de ganso, impenetrablemente negra, y debía tener punta de plata.

Y entonces sí, a componer.

Si, Do sostenido, Re, Mi, Fa sostenido. Todas en blancas y ligadas. Esas eran las notas iniciales, la primera introducción de la primera introducción, un intento vano por resumir todo el esplendor de la obra completa.

Continuará…

J. C. Mariotti

Abr 13 2008

Brisa y el Topo

Hace cientos de años, en una pequeña aldea en medio de la llanura, vivía un matrimonio de pobres campesinos cuya única fortuna era una choza y unas pocas tierras. No obstante, veían compensada su pobreza con la bondad de su única hija: Brisa.
Un día la niña vio un grupo de chiquillos que maltrataban a un pobre y herido topo, que estaba perdido. Entonces, Brisa se acercó y les quitó el topo, al tiempo que los reprendía por su mala acción. Luego se internó en la llanura y dejó en libertad al animal. Observó cómo el topo se introducía veloz en la tierra, y cuando no lo vio mas, volvió satisfecha a la aldea.
Pasó algún tiempo hasta que una mañana, la niña sintió que se desmoronaba el suelo de su choza bajo sus pies; entonces vio estupefacta cómo el mismo topo que ella había salvado aparecía entre la tierra removida del suelo de su choza.
El animal le dijo que la reina de las profundidades, que conocía el buen corazón de la muchacha, lo enviaba para conducirla hasta su palacio para casarla con su hijo, como premio por su buena acción. Brisa aceptó de inmediato y comenzaron a descender por miles de laberintos y túneles hasta llegar a la ciudad subterránea, Miná. Todo allí era de piedras preciosas y metales valiosos: las casa, los árboles, las calles, los tejados, los frutos.
Brisa estaba muy sorprendida aún cuando vio a un hermoso joven que se le acercaba con paso decidido; era Ónix, el hijo de la reina de las profundidades. El la recibió como si ya estuvieran casados, y ella lo aceptó como marido casi de inmediato. Juntos vivieron en una completa felicidad. Todos colmaban a la joven de atenciones y entre tanta delicia, la niña no sintió que pasara el tiempo. Pero ¿qué importaba? La vida en aquel lugar le parecía extraordinaria.
No obstante, un día se acordó de sus padres. ¿Qué sería de ellos? Seguramente estarían sumamente preocupados, sin saber adónde había ido su hija. Y desde aquel momento, la tristeza se apoderó de ella. Sólo quería volver con sus padres, para que ellos también disfruten de la felicidad de aquel lugar. Entonces le dijo todo lo que sentía a su esposo, quien intentó por todos los medios que Brisa se quedara allí. Le ofreció un nuevo y magnífico palacio, una vida sin preocupaciones, su reino y su amor para siempre. Pero ella seguía firme.
Cuando Brisa partió, la tristeza del príncipe fue inmensa, pues sabía que no volvería a verla, pero también sabía que había un juramente que le impedía explicar las razones de su súplica así como develar al mundo exterior los profundos secretos de su reino subterráneo. Entonces la dejó partir, pero no sin antes regalarle una hermosa y extraña piedra.
Pronto brisa perdió de vista la ciudad, sus palacios y su príncipe. Nuevamente estaba en su tierra, y le parecía que su vida en ciudad de Miná había sido un sueño, algo lejano. Entonces se encaminó a su casa, pero no reconoció la aldea. Estaba cambiada, muy cambiada. Las casa eran más grandes, los techos eran de tejas en lugar de paja. No obstante, esta era su aldea, lo sabía, lo presentía, estaba segura.
Preguntó a algunos parroquianos por sus padres, pero nadie supo responderle, nadie los conocía. Hasta que por último le preguntó a un anciano famoso por conocer miles de las historias de los antiguos habitantes del lugar y conocer sus vidas. Brisa se dirigió a él y le preguntó dónde estaba la casa de sus padres. El viejo pensó unos instantes y luego le dijo que un matrimonio había muerto hacía más de cien años, y que se contaba que su única hija una vez se había internado en la llanura para no volver jamás. Brisa comenzó a comprender que en la ciudad subterránea el tiempo no existía. Lo que se le habían antojado unos pocos días de placentera y absoluta felicidad eran, en realidad, más de cien años.
Repentinamente, sintió que sus fuerzas se extinguían, que todos los años que había estado fuera de casa caían sobre sus hombros, que la vida la dejaba. Y sus cabellos comenzaron a crecer y a teñirse de blanco, su piel se arrugó, y sus músculo crecieron junto con sus huesos, como envejeciendo rápidamente. Entonces comprendió los vanos intentos de su esposo por retenerla, y quiso volver con él, pero era demasiado tarde. Cuando por fin cayó al suelo, sus pensamientos de apagaron, sus ojos dejaron de ver y su piel se enfrió tanto como la roca.

Abr 13 2008

La larga vida de Ossyan

De acuerdo con una antigua leyenda irlandesa, Ossyan, el bardo/guerrero hijo de Finn McCumhall, alcanzó la edad de trescientos años, y así es como él mismo relató sus andanzas, al regreso de
Tirnanoge.
Luego de acallarse los últimos ecos bélicos de la batalla de Gavra, donde cayeran tantos de nuestros hombres, estábamos con un grupo de guerreros fianna cazando en la ribera oeste del Lough Lein, una hermosa mañana de primavera cuando, mientras galopábamos tras un enorme ciervo de ocho puntas,
divisamos a un jinete que avanzaba hacia nosotros, proveniente del oeste. Mirando
atentamente, pudimos ver que se trataba de una mujer, montada sobre un magnífico y brioso potro blanco como la nieve. Tanto mi padre, Finn, como el resto de la comitiva —incluido yo, por supuesto— quedamos tan sorprendidos ante la presencia de tan hermosa doncella, que el ciervo escapó rápidamente, perdiéndose
en la espesura del bosque de Athlone.

La bella y desconocida joven, pues no tendría más de diecisiete años, vestía un suntuoso vestido negro, salpicado de estrellas de oro rojo, y ceñía su talle con una cadena del mismo metal. Su cabello dorado, que caía en cascada por su espalda, cubriendo en parte el respaldar de la silla, estaba ceñido en su frente por una diadema, también de oro, guarnecida de esmeraldas y rubíes.
Sus ojos celestes eran tan límpidos y claros como dos gotas de rocío y, mientras su mano diminuta y marfilina sostenía las riendas de seda recamadas en oro, se mantenía erguida sobre la silla con más gracia que los cisnes de Lough Lein. El blanco corcel estaba cubierto con una fina gualdrapa de seda roja, y en toda Erín no habría podido encontrarse un potro más hermoso ni mejor plantado que aquél.
Al llegar junto a nosotros, la doncella se dirigió a Finn con una voz tan dulce y gentil como ninguno de nosotros había oído jamás:
—Finn McCumhall, rey de los fianna, he llegado aquí luego de un muy largo y cansador viaje, ya que mi país se encuentra al otro lado de Erín, en el Mar Occidental. Soy un hada, pero también soy la hija del rey de Tirnanoge, la princesa Niamh, La de los Cabellos de Oro.
—¿Y cuál es la causa que te ha hecho venir desde tan lejos, atravesando el mar y toda Irlanda? ¿Te ha abandonado tu esposo? ¿O quizás has tenido algún otro inconveniente peor?
—Mi esposo no podría haberme abandonado, porque jamás tuve uno, ni estuve comprometida con hombre alguno. Pero mis poderes mágicos me han permitido conocer a tu hijo Ossyan y me he enamorado de él; eso es lo que me ha traído a Erín.
Sin embargo, no creas ni por un minuto que mi amor se debe simplemente a un capricho o un impulso; mis poderes, como te he dicho, me permitieron apreciar su valor en la batalla, su gentileza, su bondad y su condición de caballero sin tacha, y esto me ha llevado poco a poco a enamorarme de él. Créeme que no me ha sido fácil decidirme; muchos príncipes y nobles de mi padre han solicitado mi mano en matrimonio, pero jamás he aceptado sus propuestas, ni he permitido que mi padre lo hiciera, hasta que comprendí que mi corazón sólo podría latir por tu gentil hijo Ossyan.
Al contemplar y escuchar a la hermosa doncella pronunciar estas palabras, sentí mi pecho inflamado de amor por ella; acercándome, tomé su blanca mano y le murmuré, desde lo más profundo de mi corazón, que era una dulce estrella, plena de brillo y de hermosura, y que, de allí en más, no podría existir otra mujer en mi vida.
—Entonces te impongo un geis3 que los héroes auténticos jamás violan: me acompañarás en mi corcel hasta Tirnanoge, el país de la eterna juventud —dijo la rubia Niamh—. Es la más placentera y atractiva de todas las regiones del orbe; allí abundan las joyas y los metales preciosos, pero nadie los atesora, porque no son necesarios. Las plantas fructifican todo el año y el alimento se obtiene sin esfuerzo
alguno. Te proporcionaré los caballos, los sabuesos, las ropas y las armas que tu capricho te dicte, entre ellas una arma dura y una cota de malla que no pueden ser traspasadas por arma alguna, y una espada templada mediante un hechizo, de la cual ningún hombre ha escapado vivo. Obtendrás majadas incontables de ovejas con vellocino de oro, rebaños enteros de vacas que te proporcionen su carne y su
leche, y cientos de arpistas y gaiteros que te acompañen en tus relatos.
Miles de guerreros estarán bajo tu mando, y ostentarás el escudo que mi padre, el rey de Tirnanoge tiene reservado para ti, y que te protegerá en las batallas y todos los peligros que puedan surgir en tu camino. Por tu cuerpo no pasará el tiempo, y no sufrirás la degradación de la vejez y las enfermedades; serás eternamente joven y tu actual fuerza y gallardía no te abandonarán jamás. Gozarás de todos estos
beneficios y muchos más, que sería demasiado largo enumerar, y yo seré tu esposa, si aceptas venir conmigo a Tirnanoge.
—No habría sido menester que me mencionaras todas esas maravillas, ni que me pusieras el geis para inducirme a ir contigo a cualquier lugar, ya sea de este mundo, de otro, o al mismo infierno, si fuera necesario. Desde el momento mismo en que mis ojos se posaron en tu hermosura, tú eres la única mujer para mí. Te acompañaré extasiado al País de la Juventud.
Cuando mi padre y los fianna me oyeron pronunciar estas palabras, lanzaron un grito de pena al comprender que los abandonaría, y Finn, acercándose, estrechó fuertemente mi mano, diciendo con tristeza:
—¡Ossyan, hijo mío, nos abandonas a todos, y algo en mi corazón me dice que no volverás mientras haya vida en nuestros cuerpos!
—Finn, amigo y padre mío, no os preocupéis por algo que ya se ha repetido cientos de veces. En muchas ocasiones he estado separado del hogar, en batallas y conquistas, y siempre he regresado. ¡Esta vez no será distinta de aquéllas! —Pero algo en mi interior hizo que mirara fijamente el hermoso y viril rostro de mi padre, empañado por el dolor, porque yo también presentí que no volvería a verlo vivo.
Nos abrazamos estrechamente y luego me despedí de mis amigos y camaradas de armas y de cacerías, mientras la bella Niamh se movía hacia adelante en la silla, haciéndome lugar a sus espaldas; monté, y la doncella dio una orden a su corcel, que partió rumbo al oeste con un galope fácil y sereno hasta que, luego de cruzar todo el territorio de Erín, llegamos a la orilla del Mar Occidental.
Allí, cuando sus herraduras de oro tocaron las aguas, se detuvo sólo un instante y relinchó tres veces, pero a una nueva orden de Niamh, reanudó su sostenido galope, esta vez por sobre la cresta de las olas, a una velocidad que ni la más ligera de las barcas habría alcanzado bajo el impulso de un viento huracanado.
Inmediatamente perdimos de vista la costa; ante nuestra mirada sólo podían distinguirse olas y más olas, rompiendo unas contra otras en feroces marejadas que, sin embargo no nos mojaban ni afectaban en lo más mínimo. Aparecieron otras costas y otros continentes, y pronto fueron quedando atrás uno tras otro; a nuestro paso, sin embargo, fueron desfilando escenas prodigiosas: pueblos y ciudades gigantescas; mansiones blancas como la nieve, rodeadas de maravillosos jardines, y casas pequeñas y humildes, desde las cuales nos saludaban sus moradores, ocupados en sus labores. En una oportunidad cruzó ante nuestra vista un fuerte ciervo de grandes cuernos, que saltaba ágilmente de la cresta de una ola a la próxima y, siguiéndole el rastro de cerca, en actitud de caza, un enorme sabueso blanco de rojas fauces.

Vimos también pasar a una joven doncella, de singular hermosura, que llevaba una manzana de oro en su mano y cabalgaba un palafrén tordillo, y, junto a ella, un gallardo guerrero jinete en un brioso potro negro; luego, ambos se sumergieron en las aguas, mientras la roja capa de la niña revoloteaba,
juguete de las olas.
Sintiéndome azorado por la contemplación de todas aquellas maravillas, pedí a mi amada que me explicara su significado, pero ella quitó importancia a lo que estábamos contemplando:
—No te dejes impresionar por estas imágenes, Ossyan; todos estos portentos no son nada comparados con lo que verás en Tirnanoge.
Algún tiempo más tarde pudimos ver a la distancia una nueva costa y allí, sobre un empinado risco, el palacio más hermoso que hubiera visto en mi vida; sus torres y sus minaretes fulguraban bajo el cálido sol de la mañana como si fueran de oro.
Pregunté a Niamh a qué casa real pertenecía aquella maravilla, y qué reino era aquél, y ella me respondió:
—Esa es la Isla de las Virtudes. Su rey es un gigante formaré 4 de nombre Ardiûs, que en su lengua significa “el más alto de todos”. Su esposa, la reina, es la hija del rey de la Tierra de la Vida, a la que Ardiûs se llevó por la fuerza de su propio país y la retiene prisionera. Sin embargo, ella le impuso un geis, por el cual
el formoré no puede desposarla ni hacerla suya hasta que aparezca un campeón que luche contra él en un combate individual; si el gigante gana, ella deberá convertirse en su esposa, y quedará libre si el forastero vence en la lid.
—Jamás he escuchado música alguna que suene tan melodiosa y embriagante como tu voz; ¡que Dios te bendiga por ella, mi hermosa Niamh! —le dije, porque repentinamente sentí la necesidad de hacerlo así—. Me agrada tanto escucharte, que por un instante casi paso por alto las penurias que debe de estar pasando esa princesa.
Pero, si tú me lo permites, dueña mía, deseo ir a ese palacio, para enfrentarme con ese formoré y liberar a la dama.
—Esas, y no otras, son las palabras que esperaba salieran de tus labios — respondió Niamh. De modo que llegamos a tierra y, cuando nos aproximábamos a palacio, salió a nuestro encuentro la joven y bella cautiva, que nos dio la bienvenida y nos condujo al interior, donde nos invitó a sentarnos en sendas sillas de oro y
plata. Luego nos sirvieron un opíparo banquete con exquisitas viandas y cornucopias llenas de hidromiel y metheglyn,5 al término del cual la princesa abordó el tema de su cautiverio y nos narró con más detalles lo mismo que yo ya había escuchado de labios de Niamh. Al terminar, mientras las lágrimas corrían por sus
rosadas mejillas, se lamentó diciendo:
—¡Jamás podré regresar a mi tierra ni volveré a ver a mis padres, mientras ese
cruel y gigantesco formoré siga viviendo!
—Seca ya tus lágrimas y tranquilízate —la consolé, sintiéndome conmovido hasta lo más profundo de mi ser—. Yo enfrentaré a ese vil gigante, y lo mataré o caeré muerto en tu defensa —agregué, estrechando su mano para sellar mi promesa.
En ese preciso instante escuchamos unos pesados pasos que se acercaban, y el portal del salón se ocupó casi completamente con el corpachón de Ardiûs, que llevaba sobre sus hombros un lío de pieles de ciervo y un enorme garrote de roble en su mano derecha. Al vernos, arrojó al suelo su carga de pieles y, sin saludarnos siquiera, echó a la princesa una mirada amenazante y me desafió a luchar
inmediatamente.
En lo que a mí respecta, jamás me ha inquietado una provocación, ni me asustaba aquel enemigo en particular, por muy grande y terrorífico que pareciera, así que me lancé al combate de inmediato, sin ningún temor en mi corazón; sin embargo, aunque en mi vida había librado infinidad de batallas en Erín, ya fuera contra invasores extranjeros, animales feroces y hechiceros malignos, jamás me había costado tanto enfrentar a un enemigo. Luchamos sin detenernos durante tres días con sus correspondientes noches, sin dormir, sin comer y sin beber, pues el formoré parecía incansable, y yo no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer.

Al cabo del tercer día, cuando miré a las dos princesas, abrazadas y con los ojos desorbitados por el temor, evoqué las formidables hazañas guerreras de mi padre y decidí que no podía deshonrar su nombre, pereciendo a manos de aquel ser vil y despreciable. Entonces, sacando fuerzas de flaqueza, lancé una fulminante embestida, arrojando al formoré por tierra y, antes de que pudiera recuperarse, le seccioné el cuello, separando la cabeza de su tronco.
¡Cuál no sería la alegría de las princesas al ver al monstruo muerto, tendido sobre las losas del patio! Profiriendo gritos de regocijo, corrieron hacia mí y me condujeron al interior del palacio porque, es preciso reconocerlo, yo tenía heridas y magullones en todo el cuerpo y, ahora que la excitación de la lucha había cesado, sentía vahídos y estaba a punto de desmayarme. Pero cuando Aileen —que así se llamaba la hija del rey de la Tierra de la Vida— me aplicó un ungüento y me dio a beber una pócima de hierbas, me recuperé rápidamente y, en poco tiempo más, ya estaba en posesión de todas mis facultades físicas.
Al día siguiente cavé una tumba suficientemente amplia y sepulté en ella al formoré, levanté con piedras un gran túmulo y coloqué sobre ellas otra roca con su nombre grabado. Esa noche descansamos plácidamente y al alba Niamh me dijo que era tiempo de partir nuevamente hacia Tirnanoge, de modo que nos despedimos de Aileen, quien lloró de pena ante nuestra partida, hecho que nosotros también lamentamos profundamente.
Una vez montados sobre el soberbio potro blanco, éste, a una orden de Niamh, partió raudamente hacia el oeste, lanzó los tres consabidos relinchos al tocar sus cascos el agua, y pronto no vimos a nuestro alrededor más que olas y espuma, y nos adentramos en el mar azul y transparente con la ligereza y la suavidad del viento de primavera sobre las colinas de Leinster. Volvimos a ver a la doncella de la manzana de oro seguida por el joven guerrero, y poco después al ciervo perseguido por el sabueso blanco.
También volvimos a pasar junto a nuevas ciudades, islas desconocidas y palacios de increíble arquitectura.
Repentinamente, ominosas nubes comenzaron a ocultar el sol, y pronto estalló una terrible tempestad, iluminando el mar con sus constantes relámpagos; sin embargo, aunque el huracán soplaba y se arremolinaba desde los cuatro horizontes, y las olas rugían embravecidas a nuestro alrededor, el potro blanco proseguía impertérrito su recta travesía, con la misma velocidad y seguridad que antes, sin que las salpicaduras ni los rayos demoraran un ápice su marcha ni alteraran su rumbo en lo más mínimo.
Tiempo después, cuando la tempestad amainó y el sol volvió a brillar sobre nosotros, pude ver, a corta distancia, una tierra verde y florida, un país de herbosas praderas, agrestes picos y azules lagos y cascadas. Junto a la costa, al pie de un risco, divisé un palacio cuyo lujo y esplendor no desmerecía en nada al de la Isla de las Virtudes. Todos sus tejados y cúpulas estaban enchapados en oro, y en sus paredes, recubiertas de ónice, había engarzadas gemas de todo tipo y color, formando hermosos diseños.
A su alrededor podían verse acogedoras casas construidas en diversos tipos de piedras por los arquitectos más hábiles que había visto en mi vida. Le pregunté a Niamh el nombre de aquel país y me contestó con
una voz en que se notaba su orgullo:
—Este es mi país natal, Tirnanoge. En él encontrarás todo lo que te he prometido, y muchas cosas más aún.
Tan pronto como hubimos llegado a tierra y desmontado, se acercó a nosotros, viniendo desde el palacio, una comitiva de guerreros de noble apostura y suntuosas vestiduras, que se apresuraron a recibirnos y darnos la bienvenida. Los seguía una chispeante multitud, encabezada por Caerius, el rey y padre de Niamh, que lucía una refulgente túnica recamada en plata y una rutilante corona de oro, con esmeraldas, diamante y rubíes engarzadas en ella. A su lado la reina, acompañada por un séquito de un centenar de doncellas, vestía una clámide blanca como la nieve, bordada con hilos de oro y una diadema tan brillante como la corona de su esposo.
A pesar de haber visto muchos nobles en mi vida con Finn, me pareció que aquella pareja real superaba largamente a cualquier otra del mundo en belleza, gracia y majestad.
Una vez que los reyes hubieron besado a su hija y desahogándose de su larga separación, Caerius tomó mi mano y se dirigió en alta voz a la multitud, que no era otra cosa que la totalidad de los habitantes de la Tierra de la Juventud que habían venido a saludar a su adorada princesa:
—¡Pueblo de Tirnanoge!, éste es Ossyan McCumhall, hijo de Finn McCumhall, por quien mi hija y vuestra princesa cruzó el Mar Occidental hasta la verde Erín. El será el esposo de Niamh, el hada de cabellos de oro. Valiente Ossyan —continuó, dirigiéndose a mí—, te damos nuestra más calurosa bienvenida. En nuestro país te espera todo tipo de placeres sin pecado, para disfrutar de los cuales serás eternamente joven. Si has accedido a venir con ella es porque deseas que mi hija, la gentil y dulce Niamh, sea tu esposa, y yo, el rey de Tirnanoge, así lo dispongo.
Agradecí sinceramente al rey sus palabras y besé la mano de la reina, después de lo cual regresamos a palacio, donde encontramos servido un espléndido banquete. Los festejos y las demostraciones de afecto del pueblo y los nobles duraron diez días con sus noches, tras de los cuales Niamh y yo nos casamos.
Viví en el País de la Juventud durante algo más de tres años, pero al cabo de ese tiempo, comencé a sentir un acucioso deseo de ver a mi padre Finn y a mis viejos camaradas de armas, y pedí al rey y a mi adorada esposa que me permitieran visitar Erín.

El rey me dio su permiso, pero Niamh me dijo:
—No puedo hacer otra cosa que aceptarlo, pero con un profundo dolor en el alma, porque mucho me temo que nunca volveremos a vernos.
—No debes albergar dudas ni temores de ninguna clase, porque los lazos que me unen a ti son más fuertes que cualquier otro que jamás haya tenido sobre la tierra; además, el corcel blanco conoce perfectamente el camino, tanto de ida como de vuelta, y me llevará y me traerá de regreso sano y salvo. —Entonces ella pronunció estas palabras, que en ese momento me parecieron muy extrañas, pero que no tardaría en lamentar no haberlas comprendido:
—No puedo negarme a tu pedido, aunque tu viaje me ocasiona la inefable congoja de saber que es casi seguro que no vuelvas a Tirnanoge. Erín no es ahora el país que dejaste cuando vinimos aquí. Cuando llegues allí habrán transcurrido trescientos años, y el gran rey Finn McCumhall y sus fianna habrán desaparecido; en vez de ellos, encontrarás una multitud de sacerdotes cristianos, encabezados por
uno llamado San Patricio.
Ahora, escucha bien mis palabras, pues de ello depende que volvamos a vernos: si bajas una sola vez del corcel blanco, si por alguna circunstancia pones un pie en la nueva Erín, jamás volverás a mí.
Le prometí —quizás sin asimilar en toda su profundidad el significado de sus palabras— que no olvidaría sus consejos y que no me apearía del potro blanco por ninguna razón. Mi alma se sentía agobiada al mirar su dulce rostro e intuir su pena; pero, aun así, mi corazón palpitaba aceleradamente ante la idea de volver a ver a Erín.
Me despedí tiernamente de mi amada Niamh y ella reiteró su advertencia: —Te suplico que lo tengas presente: si posas de nuevo los pies sobre la verde hierba de Erín, jamás podrás regresar a este hermoso país.
Cuando monté el potro blanco, éste galopó en línea recta hacia el este, en dirección al mar, y avanzamos tan rápidamente como antes sobre su superficie, esta vez calma y tersa como la de un lago. El viento quedó a nuestras espaldas mientras galopábamos sobre las olas, y volví a pasar, esta vez solo, junto a muchas islas y ciudades, cruzándome con personajes ya conocidos, como el ciervo perseguido por el sabueso y la doncella de la manzana dorada; incluso, desde lejos, saludé a la princesa —ahora reina— de la Isla de la Virtudes, quien respondió mi saludo desde una ventana de su maravilloso castillo.
Finalmente, tocamos tierra en las verdes riberas de Erín y, mientras atravesaba todo mi país a lo ancho, miraba detenidamente a mi alrededor, pero tenía grandes dificultades en reconocer los antiguos paisajes y lugares, porque todo parecía extrañamente distorsionado. Llevado por mi extraordinario corcel, llegué finalmente a Leinster, pero no vi rastro alguno de Finn y sus fianna, y las palabras de Niamh
comenzaron a cobrar un nuevo y aterrador significado en mi mente.

Al llegar a los alrededores de Alien, donde otrora se había erigido el palacio de mi padre, distinguí a lo lejos a un grupo de pequeños hombres y mujeres, algunos de ellos montados sobre caballos tan diminutos como ellos,6 y cuando me acerqué, me observaron con gran curiosidad, asombrándose ante mi estatura y mi prestancia.
Alentado por su bienvenida, me di a conocer y les pregunté por Finn y sus fianna, si vivían aún, o si habían sido aniquilados por algún enemigo o alguna repentina catástrofe, y un anciano que parecía ser el más sabio del grupo me respondió:
—Todos nosotros hemos oído hablar, de un modo u otro, del héroe Finn McCumhall, que rigiera a los fianna de Erín en tiempos remotos, y cuyo valor y sabiduría no tuvo igual en toda Irlanda. Los bardos y filidh7 han narrado sus hazañas y las de sus fianna, pero todos ellos han desaparecido hace ya mucho tiempo.
También hemos oído decir que el hijo de Finn, llamado Ossyan, se fue con una hermosa y joven hada a Tirnanoge, el País de la Juventud, y jamás regresó. Su padre y sus amigos, que sufrían por su ausencia, trataron de localizar el lugar y para ello fletaron innumerables expediciones, pero jamás fueron capaces de
ubicarlo.
Al escuchar estas palabras del anciano, mi alma se sintió agobiada por la pena y, silenciosamente, aparté el caballo de aquella gente que me contemplaba asombrada y me dirigí en línea recta hacia Alien, cruzando las verdes planicies de Leinster, en las que tantas veces habíamos cazado ciervos con mis camaradas fianna. Pero al llegar allí recibí la más amarga de las sorpresas, ya que encontré la colina desierta, sin rastro alguno de los aldeanos que habían poblado el lugar, y el castillo de mi padre en ruina y cubierto por la maleza.
Con renuencia, aparté lentamente el potro blanco de lo que había sido mi hogar durante muchos años, y recorrí la región en todas direcciones, en busca de indicios de quienes alguna vez —las palabras de Niamh martillaban amargamente mis oídos— habían sido mis amigos. Sin embargo, lo único que hallé fueron pequeños grupos de pobladores desconocidos, que me contemplaban con una actitud desconfiada, y nadie reconocía en mí al hijo de quien había sido el rey absoluto de aquella región. Visité todos los rincones que alguna vez habían regido los fianna, pero todos sus feudos estaban como en Alien, solitarios e invadidos por la cicuta y las ortigas.
En mi peregrinaje, finalmente arribé a Glenasmole, donde tantas veces cazara con Edwin McEntyre, uno de mis camaradas fianna, y allí vi a un gran grupo de gente reunida alrededor de una enorme roca. Tan pronto como me vieron, uno de ellos se dirigió rápidamente hacia mí y me dijo:
—Poderoso héroe, a la primera mirada se ve que tú eres un hombre generoso y
de grandes fuerzas; te suplico que nos ayudes en este apuro, porque de lo contrario
muchos de nosotros vamos a encontrar la muerte aquí.
Acerqué mi caballo al centro del grupo y pude ver que trataban en vano de
desplazar una enorme piedra, lisa como una laja. Esta se hallaba semilevantada del
suelo por un extremo, y varios de los hombres se habían introducido debajo de ella,
pero no eran lo suficientemente fuertes para terminar de alzarla; peor aún, ni
siquiera eran capaces de soportar su peso mucho tiempo más, por lo que estaban
en un inminente peligro de ser aplastados por ella.
Mi primer sentimiento fue de vergüenza, al ver que tantos hombres fueran
incapaces de levantar una laja que mi amigo Edwin, de haber estado vivo, hubiera
tomado con una sola mano y la hubiera arrojado a mil yardas de aquella débil
muchedumbre. Sin embargo, después de haber comprendido el verdadero peligro
que corrían aquellas gentes, la piedad se impuso rápidamente a este sentimiento e,
inclinándome hacia adelante en la montura, tomé la piedra con la mano izquierda y
la levanté más de dos pérticas8 de su posición anterior, permitiendo así que los
hombrecillos abandonaran su peligrosa posición.
Pero aquel acto solidario significó mi perdición: el inusitado esfuerzo rompió la
cincha que sujetaba la silla de oro a la espalda de mi corcel y, al echarme hacia
adelante para evitar la caída, me vi repentinamente parado sobre mis dos pies;
¡parado precisamente sobre aquella tierra de Erín que mi adorada Niamh me había
anticipado que no debía pisar, so pena de no volver a verla nunca más!
El potro blanco, por su parte, apenas se vio libre de mi peso, corcoveó, lanzó un
prolongado relincho y partió con la velocidad de un relámpago, dejándome allí de a
pie, sumido en la más profunda desesperación al saber que ya no podría regresar
jamás a Tirnanoge.
Instantáneamente después de la partida del corcel blanco, un irreversible cambio
físico comenzó a producirse en mi cuerpo: mis cabellos rubios se convirtieron en
hirsutas guedejas de un gris ceniciento; mi vista se enturbió hasta no poder
distinguir mis dedos frente a mis ojos; mi rostro se transformó en una horrible
m

Abr 05 2008

La más dolorosa despedida

Ya fue.

Sólo me queda despedirme.

¿Qué otra cosa hacer, si no?

Si bien me cuesta desprenderme de ella, tengo que hacerlo.

Si no lo hago yo, ella lo hará.

Y si bien pienso en cuánto la extrañaré, deseo poder invocarla siempre que pueda.

Siempre que lo necesite.

En esas noches frías en que la soledad me tome de los hombros y no pueda liberarme.

Y siempre que necesite inspiración para escribir, para componer.

Pero sinceramente dudo poder conservarla, o recuperarla luego de algún tiempo, siquiera.

Me abandona para siempre.

Y si bien podré verla junto con otras personas, me molesta que ya no esté conmigo.

Ella es todo para mí.

Ella es inenarrable, inexplicable, hermosa.

Es perfecta, intocable, inmaculada.

Y aunque ahora mucho piensen que es una mala compañera, descubrirán lo buena que es, lo mucho que la extrañarán si algún día los deja.

¿Por qué se me da algo tan hermoso si sólo es por un corto tiempo?

¿Por qué se espera que me deje a tan temprana edad?

¿Por qué es mía, sólo mía, por un momento si luego no puedo recuperarla, no puedo hacer que vuelva?

Y es entonces cuando comienzo a odiar.

Y odio a mi vecino, pues ella me abandona.

Y a mis amigos, pues ella me abandona.

Y a mi ciudad, ya que ella me abandona.

Y a la existencia misma odio, porque yo la abandono.

Nunca me gustó que me dejen, pues entonces yo tengo que dejarla.

Despedirme yo.

Irme yo, o dejarla que se vaya, pero sin demoras, pues cuanto más se queda conmigo, más odio el momento de su partida.

Es ella la causa de mi vida, y sin embargo, si ella me deja seguiré estando vivo.

Y no tengo intención alguna de perder también mi vida.

Además, alguien más sufrirá mi pérdida, o por lo menos espero que alguien advierta que ya no estoy cuando realmente no esté.

Pero si ella me abandona, todo me abandona.

Mis sueños, mi inspiración, mis ganas de saberlo todo.

Y si mi vida no tiene sentido si ella no me deja, no quiero que mi vida tenga sentido.

¿Para qué, si no puedo estar en su presencia, si no puede estar en mi presencia?

Me siento agonizante, triste, enfermo.

Y sin embargo pienso, lloro y levanto la mirada para ver cómo se va.

Y la saludo con mi mano abierta y un beso que vuela libre entre el viento y que dudo que le llegue alguna vez.

Pero la vida sigue.

Con sentido o sin él, la vida continúa, nunca frena, nunca.

Y escribo esto como una forma de documentar un punto justo entre un antes y un después de mi vida: antes y después de ella.

Ahora me decido a pensar como todo un hombre que soy, me decido a evitar sufrir.

Pero el dolor es inevitable ahora que ella no está.

Y cuando una de mis lágrimas caiga sobre mi firma y un borrón de tinta no te deje ver mi nombre, sabrás que mi dolor es inmenso.

Y sabrás que me refiero a la más bella de todas las musas.

Tan bella que no fue contada entre ellas, ni entre los dioses, ni entre ninguna divinidad.

Comprenderás, entonces, que, cuando me aleje del puerto luego de verla perderse en el horizonte y me dé vuelta llorando, agonizante, seguiré viviendo, aún ahora que mi infancia me abandonó.

 

 

Palabras para una Tarde de Lluvia - J. C. Mariotti

Abr 01 2008

La leyenda del dragón del oro

Pocos eran los guerreros que regresaban de aquella montaña. Famosa por la gran concentración de oro en las aguas de los ríos que de ella fluían, la montaña Blau, ahora desaparecido, era el centro de aquel reino rico y poderoso. Si bien, todos quienes disfrutaban de las riquezas de los arroyos buscaban en los pequeños rápidos lejos de la montaña, no faltaban aquellos que superaban el miedo popular y escalaban en busca de la fuente principal de oro. Nadie tenía buena suerte, y si la tenía, no se sabía.Un día, después de largas deliberaciones, el rey, con un poco de motivación de su consejero, decidió enviar a dos hombres, que demuestren especial valor, a la cima de la montaña. Al día siguiente, cualquier varón mayor de 20 años podía presentarse para ser seleccionados hasta llegar al reducido número de dos hombres. El ganador tenía derecho sobre la mitad del oro que consiguiera. No obstante, sólo una persona se presentó: un pobre viejo, encorvado, y cuyo caminar era ayudado por un bastón de cedro. El consejero creyó conveniente disponer de dos soldados que acompañaran y ayudaran al anciano.Nublado fue el día en que partieron. Dos hombres bien armados, de postura firme y aspecto saludable y otro que parecía haber cargado sobre sus hombros docenas de kilogramos todos los días. El primer día fue bastante callado y tranquilo. Sólo conversaciones ocasionales, principalmente vinculadas con el tiempo del día próximo. Al caer la noche, acamparon justo antes de que el terreno comenzara a elevarse. Si bien el anciano durmió muy plácidamente, los soldados se turnaron para hacer guardia.La segunda jornada fue más dura para los soldados, pues habían comenzado a subir la montaña. Y a pesar de su aspecto, el anciano demostraba cierta gracia; caminaba sobre la montaña aún mejor que sobre el suelo llano de la ciudad.Al cabo de cuatro días, llegaron a la parte de la montaña donde se formaban los ríos, donde, se suponía, se encontraba la fuente del oro. El fluir del agua había tallado antaño numerosas cuevas frías, amplias y oscuras. Pero no había señal alguna de oro; ni una moneda, ni un pequeño trozo, ni un destello dorado. Entonces, ¿de dónde provenía el oro?Cansados de buscar, los tres hombres, el anciano con el aspecto habitual y los soldados increíblemente cansados, fueron a refugiarse a una cueva. Al principio todo se encontraba a oscuras; encendieron una antorcha y ahí lo vieron, un enorme dragón dorado que parecía bastante viejo. La bestia levantó la cabeza para ver a sus visitantes, y luego volvió a posarla sobre sus patas delanteras.Daba realmente lástima, allí, tan enorme, tan viejo, tan enfermo. Los dos soldados estaban realmente aturdidos, y bastante interesados por el enorme tesoro que el dragón guardaba bajo su vientre. El anciano se acercó lentamente a la bestia y le acarició la articulación de una de las piernas traseras. Los dos individuos de la milicia tomaron rápidamente sus espadas y se acercaron al dragón con la intención se darle muerte. Entonces el viejo, advirtiendo en la acción de los soldados, levantó su bastón, pronunció algunas palabras y volvió a bajarlo con ímpetu. Inmediatamente, los dos hombres quedaron inmovilizados.El viejo volvió a acariciar a la bestia, tomó un pequeño papel de dentro de su mugrienta túnica y dijo unas palabras extrañas, inmediatamente, el dragón recobró la vitalidad, el aspecto de juventud que seguramente había tenido hacia siglos. Entonces se levantó, dejando al descubierto la totalidad del tesoro. Copas de oro, espadas, anillos, monedas y miles de artículos del metal precioso por excelencia reposaban sobre el piso de la cueva. Luego, con unos cuantos empujones de su brazo, dejó caer todo el oro por la ladera de la montaña, hasta que se escuchó un chapoteo a lo lejos. Luego, el viejo le dio la vuelta al papel, y leyó las palabras allí escritas. Inmediatamente, y al igual que ocurrió con el dragón, recobró su estado de juventud.Hizo una reverencia al animal, el cual se la retribuyó, y se fue, dejando a los dos soldados allí, asustados, y sin poder moverse.

Mar 24 2008

Paseo por Nunca Jamas

Supongo que se habrán cansado de leer historias universales, por eso hoy les voy a mostrar que hay por Nunca Jamás.

Hoy por hoy lo que más se ve en Nunca Jamás son conflictos de humanos y dragones.
Si bien siempre se consideraron enemigos, hay chamanes que rompen con lo establecido y hacen pactos con dragones y se llevan muy bien. Read More »

Mar 21 2008

El Pescador y la Murdwach

Hace ya mucho, pero mucho tiempo, vivía en el pueblo de Killarney, en la más occidental de las islas Aran, en la bahía de Galway, un anciano pescador, cuya familia, compuesta por su esposa y siete hijos varones, pasaba tantas penurias económicas que muchas veces no hallaban en su casa un solo bocado que llevarse a la boca, por lo que el pobre hombre debía ir a la playa a buscar mariscos con que alimentarlos, cuando las galernas invernales no le permitían salir a pescar con su maltrecho bote.

Pero cierto día en que regresaba al hogar sin haber podido atrapar un solo pez, vio surgir del mar a una hermosa mujer de largos cabellos verdes, que se dirigió a él de esta forma:

Pobre pescador, me entristece verte tan desdichado. Concédeme a tu hijo mayor en matrimonio para mi hija, y yo te ayudaré, y ya no volverán a pasar penurias ni tú ni tu familia.

—No me agrada la idea de darte a mi hijo ahora que, por su edad, ya es casi capaz de ayudarme a mantener la casa.

—Puedes mantenerlo contigo hasta que haya cumplido los veintiún años —concedió la murdwach, pues de una de ellas se trataba—. Pero luego lo llevaré conmigo, y tú recibirás de mí mucho más de lo que él podría darte con su trabajo. De cualquier manera, tú tienes muchos hijos, y puedo asegurarte que estará muy bien con nosotros.

Pensando en el triste regreso a su casa sin un solo pescado para alimentar a su familia, el pobre pescador le prometió a la murdwach que le daría a su hijo mayor cuando cumpliera la edad requerida, y ella le respondió:

—Ahora ya puedes arrojar tus espineles cuando quieras, y obtendrás toda la pesca que necesites. Read More »

Mar 18 2008

LOS DESEOS PELIGROSOS

Paddy Dennison, quien había nacido y vivido toda su vida en el poblado de Dough Beg, en la región de Donegal, en el Ulster, era un hombre trabajador, recto y honrado, de carácter jovial y dicharachero, buen amigo y mejor esposo, que sabía mantenerse sobrio la mayor parte del tiempo, especialmente durante el día. No obstante, al carecer de un mísero trozo de tierra de su propiedad y no tener demasiadas luces, excepto su capacidad para el trabajo duro, también era extremadamente pobre, de una pobreza rayana casi en la indigencia.

Claro que la miseria no era algo que preocupara exageradamente a Paddy durante el verano, ni en la época de la cosecha, en que siempre se ponía de manifiesto la solidaridad de los vecinos y, quien más, quien menos, él recibía el apoyo de algún brazo fuerte para ayudarlo a levantar el grano. Pero los inviernos eran otro cantar, y el rigor del frío y la falta de alimento adecuado hacían que se lamentara amargamente de su falta de fortuna. Para colmo de males, Paddy no tenía el más mínimo talento para ahorrar en las épocas de ventura, y cuando tenía algo de dinero en los bolsillos, lo gastaba como si fuera su única misión en la vida. Como consecuencia, al poco tiempo andaba quebrado y pasaba hambre y, lo peor de todo, es que se lo hacía pasar también a su esposa, Joaney. Read More »